¿Vuelve y vuelve Leonel Fernández?

Si Leonel Fernández no se ha lanzado al ruedo electoral, no es porque no vaya a hacerlo, sino porque se siente demasiado importante como para hacerlo en compañía de sus desesperados acólitos. Por un lado, tiene suficientes clientes que lo hacen a su nombre. Por otro, sabe que, con todo el poder acumulado tras años de gobierno, muchos de los briosos candidatos que hoy dicen que el país moriría sin ellos, no van a dudar en apoyarle. Pero nadie debe dudar de que se va a lanzar, y que posiblemente va a ganar, al menos que el propio Danilo Medina decida enfrentarlo. La controvertida senadora de Dajabón, hasta hace poco tiempo una enfebrecida danilista, lo ha dicho en nombre de 17 colegas que promueven a Fernández: "Estamos seguros que Leonel va y será el próximo presidente".

En Panamá, Fernández se vendió como el arquitecto de la nación moderna, señalizada por una nueva Constitución, una reforma administrativa/financiera y una estrategia nacional de desarrollo.

El expresidente prefiere mostrarse ajeno a las disputas por el solio al mismo tiempo que recorre el país en giras políticas dizque como presidente del PLD, y se pavonea por foros internacionales cuyas invitaciones son tramitadas por las sobrepobladas legaciones dominicanas en el exterior. 

En el último de ellos, en Panamá, Fernández se vendió como el arquitecto de la nación moderna, señalizada por una nueva Constitución, una reforma administrativa/financiera y una estrategia nacional de desarrollo. Fueron, dijo, “conquistas institucionales se obtuvieron a través de un amplio consenso en el que participaron ampliamente todos los segmentos de la población”.

Imagino que los participantes del foro –eventos costosísimos a los que van políticos y tecnócratas a decir lo que siempre dicen y nadie les cree— debieron  aplaudir su comparecencia como parte de la tramoya discursiva de los tiempos. Pero probablemente sospecharon –también como siempre ocurre en estas francachelas publicitarias- que el discurso no tenía mucho que ver con lo que ha pasado en el rudo mundo real.

Leonel Fernández nos ha legado un edificio institucional costoso, enrevesado y controlado previamente por él para garantizar su permanencia en el poder. No fue consensuado con la población, sino con los poderes fácticos –burocracias políticas, jerarcas eclesiásticos, altos mandos militares y cúpulas empresariales- quienes impusieron sus sellos conservadores y reaccionarios. La Constitución que nos legó tiene un toque medieval que  violenta los derechos de vastos sectores de la población, en particular mujeres y homosexuales.

Y si algo positivo subsiste, esto ha sido hundido en la corrupción galopante, la impunidad política, la arrogancia, el autoritarismo, la insensibilidad social y las componendas políticas con lo peor de la sociedad dominicana. Como esta gran tramoya racista y xenófoba en torno a la resolución 168-13 del TC que nos ha conducido al peor agujero ético que hemos sufrido como nación.  

Leonel Fernández tuvo la inmensa capacidad de hartar a toda una sociedad con sus discursos ampulosos y sus prácticas vergonzosas. La hartó tanto, que a pesar de lo caro que le salió el actual presidente Medina, ha terminado aceptándolo positivamente y considerando su opacidad mediática como una virtud política.

Leonel Fernández no es un signo de modernización, sino de atraso. No es un productor de ideas nuevas, sino de retórica narcisista. Su liderazgo no es una señal de madurez como nación, sino de nuestra debilidad histórica. Su regreso a la presidencia de la república significaría la prolongación de la tragedia que significó su ascenso hace ya casi dos décadas.

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