¡Exigimos nuestro espacio musical!

Tan (justamente) concentrados estamos en los llamados problemas macro y sus indicadores, que pasamos por alto aquellos otros que van carcomiendo poco a poco el tejido social y la noción misma de convivencia civilizada. De ahí que no reaccionemos a las consecuencias materiales y sociales del selvático tránsito, ni al uso del espacio público para satisfacer desconsideradas necesidades personales, empresariales y políticas, ni nos inmute siquiera que la manada pisotee reglas elementales del entendimiento colectivo.

 Pero nada de esto es broma sino síntoma de una cada vez más grave enfermedad social.

En ese clima dominado por el canon de “sálvese quien pueda”, no resulta extraño que un grupo de desaprensivos reclame el “derecho” a su “espacio musical”; es decir, a sonar música a decibelios lesivos a la salud física, mental y emocional del resto de los mortales.   Lo que sí escuece el ánimo es que este grupo sea representado por el presidente de la Federación Nacional de Comerciantes, quien por su posición debería (solo debería) cumplir un papel más constructivo y decoroso.  Así de mal andamos.

Con el manido alegato de la quiebra de sus negocios y la pérdida de empleos, los reclamantes de la modificación a su medida de las leyes 64-00 de Medio Ambiente y 287-04 sobre Prevención, Supresión y Limitación de Ruidos Nocivos y Molestos, listan incluso 31 puntos urbanos que quieren ver convertidos en “zonas de tolerancia” donde comerciantes y clientes puedan “probar” y escuchar música al volumen que les venga en gana, licencia extensible a los negocios de “diversión”.  Los otros, pues que cambien de casa y barrio, o cualquiera otra cosa menos respetuosa y más fétida.

Si el desprecio por las normas que la protesta supuso no describiera tan vivamente nuestra anomia, algunos de los cartelones levantados nos harían sonreír condescendientes: “La música no es ruido, es arte”, “La música no es delito, es un entretenimiento sano”.  Pero nada de esto es broma sino síntoma de una cada vez más grave enfermedad social para la que no hay cura a la vista.

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