Haitianos trashumantes

Hace seis años, exactamente el 11 de junio de 2009, escribí en mi blog "Perdonen la molestia", abandonado tiempo ha, el artículo que ahora reproduzco. Por el espacio en que se publicó tiene un tono muy personal,  pero eso no lo invalida. En este país donde los sectores económicos dominantes juegan con las vidas de las personas como juegan con las palabras; es decir, irresponsable y despiadadamente, lo escrito entonces mantiene su vigencia.  Mi artículo anterior en este mismo espacio, "Pobres porque les da la gana", es su secuela. Peor aún: dolorosa evidencia de que las injusticias sociales en la República Dominicana se muerden permanentemente la cola. Hasta un día.
 
 
Tengo una relación de amor-odio con las palabras. Las amo cuando abren en mi alma y en mi inteligencia espacios luminosos, cuando me cruzan como relámpagos o me estremecen y queman como rayos. Las odio cuando sirven para justificar lo espurio, cuando me quieren pasar gato por liebre y reducen mi humanidad a una retórica hueca, vacía de compromiso con mis semejantes.
 
Hoy, por ejemplo, leí la palabra trashumantes. Una palabra irresisteblemente bella y que en otras circunstancias, distintas al contexto en que la leí, hubiera amado. Soy una trashumante emocional. Cierro los ojos y con un mínimo esfuerzo de mi voluntad estoy en otro lugar. Sucede casi siempre que lo recreado es el paisaje donde alguna vez amé, creí amar o hubiera deseado amar, y que en el momento en que lo evoco es dueño absoluto de mis emociones y protagonista de mis recuerdos.
 
Mi trashumancia es más emocional que física y dinamo de mis placeres. Por ejemplo, cada vez que escucho Introduction 1936, un tema de The Shanghai Restoration Project, una emoción visceral me sitúa en Deauville, esa cinematográfica ciudad de la Normandía francesa que me hizo disfrutar un entrañable e irrenunciable amigo. No hablo de excepciones. Casi a diario, y para escapar de las estrecheces cotidianas que me atormentan con persistencia cilícica, levo ancla mental y atraco aquí y allá y acullá, siempre donde me plazca y donde el disfrute ha sido mi cómplice.
 
¿Derechos laborales y basta? Ni pensarlo en este país cercado por el agua y cardúmenes de tiburones.
Pero hoy, 10 de junio de 2009, esa palabra llena de sugerencias placenteras me pareció bastarda y la desprecié. La leí en un cable de Efe, la agencia noticiosa española: “Los empleados quieren acreditar ante los jueces su relación laboral con la empresa azucarera para que la Justicia la obligue a regular su situación por escrito, pero la compañía alega que esto es inviable, ya que los trabajadores son trashumantes y no es posible proveerles de contratos”.

¿De qué va el asunto? Simple: alrededor de 500 trabajadores haitianos del ingenio Cristóbal Colón cometieron la impensable osadía de exigir a la familia Vicini, propietaria de la empresa azucarera, convertir en contrato legal los incontables años que han trabajado en sus inmensos campos de caña. Un reclamo cuya solución, en cualquier país que no fuera la República Dominicana donde en pleno siglo XXI existen familias como la Vicini, sería pan comido. Es decir, derechos laborales y basta.

¿Derechos laborales y basta? Ni pensarlo en este país cercado por el agua y cardúmenes de tiburones. Para refrenar nuestros éticos impulsos democráticos y vacunarnos contra el germen patógeno de la “haitianofilia”, están abogados como Mario Carbuccia. De él aprendí hoy (salvo que Efe culturizara su lenguaje), que trabajadores que han dejado la piel, la vida y los sueños (porque los tienen y por eso están en este país) en los cañaverales de los Vicini, son “trashumantes”.

¿Qué significa esta trashumancia de los trabajadores haitianos reclamantes? ¿Que pasan como ganado junto a sus conductores “desde las dehesas de invierno a las de verano, y viceversa” (RAE, dixit), o que (ibídem) 'dicho de una persona', cambian periódicamente de lugar? Carbuccia, empleado de los Vicini, se las vería negras para explicar lo que Efe le atribuye decir.

Como pedir legalidad es demasiado, para bajar los ímpetus reivindicativos y democráticos y de justicia social (hagan caridad, si quieren, que les gana indulgencias), los Vicini tienen mayordomos que rinden informes sobre quiénes van o no a los tribunales a exigir justicia. A los que desafiando todo lo que los humilla acuden ante el juez, los amenazan con el despido (¡cuánto esfuezo democrático!). Los Vicini, tranquilos: tienen en su nómina abogados que, como Carbuccia, hablan de “trashumancia” para justificar lo injustificable y que, sin proponérselo, terminan poniéndome en crisis. Mero efecto “colateral” de una hijadelagranputez.

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