Pobres porque les da la gana

Organizarse es un derecho pero no siempre una posibilidad. En democracias carenciadas como la dominicana,  una buena parte de los derechos son meramente discursivos, retóricos. Su concreción dista años luz de lo que se proclama en constituciones, leyes, soflamas electorales… y pare de contar.

Por eso me urtica oír decir que alguien no es esto o aquello porque no tuvo ¿el coraje?, ¿la determinación?, de organizarse en cooperativas, sindicatos, asociaciones mutualistas o lo que fuere. Como si aquí el camino de los derechos fuera expedito y no una carrera de obstáculos, por lo general insalvables.

De ahí que si desde el pináculo de este mundo regido por lo peor del capital alguien osa atribuir a insuficiencias personales y sociales las condiciones infrahumanas en la que han desarrollado sus vidas amplísimos sectores de la población, habría que colegir, en la más ultracaritativa de las interpretaciones,  que ese alguien tiene una apretada venda en los ojos. Aunque puede ser también que su grado de alienación sea tal que lo sustraiga enteramente de la realidad, y que esta desconexión haga al sustentante de esta visión ciudadano de un mundo permanentemente epifánico en el que él será siempre uno de los tres reyes magos (no Baltazar, desde luego).

Hay que preguntarse, sin embargo, si vale la pena esgrimirlas frente a cualquier persona o en cualquier circunstancia.

Claro que hay datos históricos, económicos y estadísticos para refutar con éxito la tesis de que los pobres son los únicos responsables de su propia pobreza. La inteligencia humana ha invertido buena parte de sus neuronas en elaborarlas pasando, felizmente, por gamas divergentes del pensamiento político. Hay que preguntarse, sin embargo, si vale la pena esgrimirlas frente a cualquier persona o en cualquier circunstancia. No la oportunidad sino la productividad de la discusión (debate es un concepto muy pesado), es lo que debe primar a la hora de decidir sobre la cuestión.

Pero pongamos claras algunas cosas elementales en lo que se refiere al reclamo perpetuo de los ricos de que ellos –acháquelo a lo que a usted le dé su real gana— solo hacen bien al país con sus inversiones, sus riesgos, su visión del futuro, su bonhomía, y vuelva a parar de contar. Para intentarlo reproduzcamos lo dicho en 2011 por la senadora demócrata por Massachusetts Elizabeth Warren, citada por Luis Arroyo en su libro Frases como puños:

“No hay nadie en este país que se haya hecho rico por sí solo. Nadie. Si levantaste una fábrica en algún lugar, me alegro por ti. Pero que quede claro: llevaste tus productos al mercado por carreteras que pagamos los demás. Contrataste a trabajadores cuya educación paganos los demás. Estás tranquilo en tu fábrica porque hay policías y bomberos que pagamos los demás. No tuviste que preocuparte de que merodearan bandas que destrozaran tu factoría. Pero cuidado: levantaste una fábrica y resultó ser una gran idea. ¡Fantástico! Guárdate un buen pedazo del resultado. Pero parte del contrato social que subyace es que tú te guardas un trozo, pero pagas para el próximo niño que venga detrás”.

Una observación necesaria: lo dicho por Warren al final de su proclama vale para un país en el que la voracidad insaciable de los ricos puede eventualmente encontrar un límite, tener un freno. Aquí, en esta república dejada de la mano de Dios, los ricos, además de sorber sin que les repugne el sudor de los trabajadores, no creen en contrato social alguno que establezca un mínimo equilibrio de los intereses, ni cosa parecida.  Lo de ellos es bien sabido, incluida su erótica fascinación por la ubre pública. Si en algún momento de esta orgásmica succión aparece un incordio llamado Christopher Hartley Sartorius, o cualesquiera otros, el libreto de lo que hay que hacer está escrito desde el siglo XIX.

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