Adiós, Ramón

Quiero escribir desde mis vísceras. Decir públicamente que me duele como pocos pueden imaginar la muerte de Ramón Almánzar, el amigo querido con cuyas ideas las mías tenían poco que ver, salvo en ese punto que nos permitía el gozoso diálogo: el rechazo a este mundo en el que solo están contentos y felices los canallas.

En mis tiempos de reportera radiofónica, Ramón Almánzar fue el dirigente de los agrónomos que encabezó  movimientos reivindicativos que fueron noticia obligada y que yo reporté. El de la huelga de hambre en reclamo de reivindicaciones sectoriales que me hacía preguntarme a misma, antes que preguntarle a él, los porqués no visibles del reclamo, para encontrarme al final de sus respuestas con la injusticia inadmisible. El atrapador de sueños que quiso, iluso, colgarse en las ventanas de este país que a veces a mí, nunca a él, me resulta tan árido de fantasías.

La muerte de Ramón Almánzar, que nunca me convenció con sus propuestas políticas pero de quien admiraba hasta el deslumbramiento la generosidad de la entrega a lo que creía, me golpea fuerte. Él era el  ser humano capaz de comprender lo incomprensible. El del abrazo cálido. El de la sonrisa desarmante. El de la palabra oportuna.

Yo tengo la ventaja de decir esto a un público cautivo, los lectores de 7dias.com.do. No me sonrojo. Hago un uso orgulloso de esta prerrogativa y rindo el tributo público de mi particular cariño a Ramón Almánzar. Escribo desde mis vísceras por el enorme ser humano que he perdido (hemos perdido todos, aunque no lo sepamos). No hablo de sus ideas políticas, no hablo del hombre público, sin discusión  intachable. Hablo de Ramón Almánzar y sus sueños que no caducan porque sin realizarlos nunca jamás podremos ser mejores personas ni, mucho menos, mejor país.

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