En Santo Domingo no es necesario ser gay para sufrir, con ser diferente ya te tienen en la mira”

Sociedades violentas como la que vio nacer a Rita Indiana (Santo Domingo, 1977), condicionan para siempre una sensibilidad. Quizás por ello esta espigada artista, cantante y líder de Rita y los Misterios dejó un día el merengue electrónico y feroz que la llevó a convertirse en un fenómeno de masas, para hacerse escritora de culto. Imposible, sin embargo, disociarla por completo de ese mambo violento, esa música que pega duro y divierte más duro aún. Aunque hoy toque hablar de Nombres y Animales (Periférica, 2013), su nueva novela, que la ha confirmado como una de las figuras de la literatura caribeña.

Rita, te reclaman como la nueva abanderada de la literatura “caribeña”.  ¿Cómo la defines?

Existe una literatura caribeña con sus particularidades y mi escritura tiene muchas cosas en común con los veteranos de la misma. Se habla mucho de la influencia de Ginsberg y Burroughs en mis textos, pero nunca de algo mucho más evidente como Severo Sarduy, Lezama, Arenas o Virgilio Piñera, todos homosexuales por cierto.

¿Y nunca pensaste ‘quién quiere ser escritora cuando se puede ser una estrella de rock’?

Claro que lo pensé, lo pensé todo el tiempo que me tomó decidirme por la literatura. Ya hace año y medio que me retiré y he logrado lo que quería, cierto anonimato cómodo que me permite llevar una vida normal.

En Nombres y Animales, la narradora es una adolescente que se hace realmente entrañable y que, entre otras cosas, intenta infructuosamente ponerle nombre a un gato… Eso del gato sin nombre me hizo recordar a Desayuno con diamantes… ¿Te gustaron el libro o la película?

Sí, la leí muy joven y me encantó. Tiene algo en común con El guardián entre el centeno, con la que también se ha comparado a Nombres y Animales: es una novela que presenta la mirada crítica de un personaje en el borde de una supuesta comodidad de clase. Ambos narradores están llenos de prejuicios y miedos, no son voces iluminadas, si no más bien voces buscando libertad a pesar de sí mismas, voces que reconocen que hay algo incómodo en esas estructuras en las que se mueven, algo incómodo e injusto que no se nombra, pero se describe.

El juego con el nombre y la identidad me hace pensar en tu propio nombre, porque tú te llamas de verdad Rita e Indiana. ¿De dónde viene eso?

Mi tataratatarabuela (la abuela de mi bisabuela) se llamaba Rita Pérez y era una mulata, amante del prócer e intelectual dominicano Manuel Rodríguez Objío. Él le decía Rita “Indiana” por su color. A su nieta, mi bisabuela, le pusieron los dos nombres y luego a mí. Así que soy la tercera Rita Indiana.

Siendo la sociedad dominicana y centroamericana —latinoamericana en general— consabidamente machista, una mujer lesbiana y exitosa como tú debe tener el pellejo ya muy duro…

En Santo Domingo no es necesario ser gay para sufrir, con ser diferente ya te tienen en la mira, con que te hayas leído tres libros basta para no pertenecer.

La narradora de la novela se enfrenta a ese primer interés por una chica… ¿Cómo recuerdas tu primer enamoramiento?

Fue aterrador. Era mi mejor amiga y yo no quería darme cuenta de lo que estaba pasando. Nunca le dije nada, ¿si no me atrevía a decírmelo a mí misma cómo se lo iba a decir a otro? Estas cosas en países como los nuestros son traumáticas, no había personajes públicos fuera del clóset con los que pudiese comparar lo que me pasaba. Decir, mira, ese es como yo. Luego como a los 15 fui haciendo amigos homosexuales que me presentaron a mi familia, Pasolini, Oscar Wilde, Keith Haring, Almodóvar, Marguerite Yourcenar, James Baldwin, etc.

Tu música tiene esta raíz popular, callejera, pero musicalmente es muy sofisticada en sus fusiones de ritmos y culturas, entre el merengue, el perico ripiao, la bachata, el tecno, el pop, el rock y la electrónica. ¿Algún paralelismo con tu literatura?

Me gusta citar cosas y hacer referencia a otras en mi escritura, tanto musical como literaria. En mis novelas me gusta usar ritmos y soluciones sacados de los cómics y los muñequitos de Hanna Barbera y Looney Toones que veía de niña, la estructura absurda y repetitiva de la telenovela y la crueldad vacía de la comedia televisiva hispanoamericana.

¿Es cierto que de pequeña escuchabas los boleros que tus abuelos escuchaban todo el día? ¿Y qué leías?

Sí, me crié con mis abuelos y por las noches escuchaban un programa de varias horas de boleros nada más. A mí me gusta mucho ese género porque es el primer hijo ilegitimo de Latinoamérica, no se sabe quién es su padre, es de todos lados y es sombrío, triste y tropical como mi país. De pequeña leí muchos compendios de mitología griega y todo Mark Twain. Ya a los 10 empecé a leer a Homero, Ovidio y Dante, a los escritores del Boom y a Richard Wright.

En Nombres y Animales tocas el tema de los haitianos en República Dominicana. ¿Qué nos puedes decir sobre políticas como las que despojan de nacionalidad dominicana a los descendientes de haitianos nacidos en el país?

Lo que está ocurriendo en mi país no tiene nombre. El Tribunal Constitucional aprobó una ley que despoja de su nacionalidad retroactivamente hasta 1929 a todos los nacidos de extranjeros “en tránsito” en la República Dominicana. Han manipulado el término “en tránsito”para catalogar a todos los trabajadores haitianos legales e ilegales, muchos de los cuales han vivido toda su vida en el país y cuyos hijos (dominicanos por derecho) no conocen otra tierra, ni tienen relaciones con Haití. Lo fuerte es que hay un frente supuestamente patriótico defendiendo la sentencia y calificando de traidores a la patria a todos los que estén en contra. Esos haitianos y sus hijos están en el país porque los trajimos a trabajar por centavos, de manera irregular y masiva, nos aprovechamos de su necesidad, ahora que sobran queremos salir de ellos y nos inventamos una forma legal de hacerlo.

 (Tomado del periódico La República, de Perú)

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