Lo que pienso

Es la manera como yo veo el mundo y lo que en él acontece. Es como evalúo mi entorno, sin juzgarlo. Son mis convicciones. Es, sencillamente, lo que pienso.

Invadiendo nuestra privacidad

El avance tecnológico alcanzado en la comunicación y en la información  ha terminado convertido en arma de doble filo.

Si bien es cierto que nos facilita muchísimas cosas, ahorramos tiempo, acortamos distancias, no lo es menos que invade nuestra privacidad, si es que todavía puede hablarse de privacidad en estos tiempos.

Paradójicamente, la desinformación es preocupante, no siempre todo lo que se lee por las redes sociales es fidedigno.

Desde cualquier celular, aun en nuestros hogares y sin mala intención, un ser querido  en momentos de intimidad familiar nos fotografía y no sabemos adónde podría ir a parar esa imagen que queda allí plantada.

Se pierde el contacto humano y la interactuación cara a cara. El calor humano es cada vez menor. Nos estamos mecanizando

Gente que no vemos por años da seguimiento a nuestras vidas por el hecho de compartir en las redes sociales con relacionados comunes, aun no tenga uno ni Facebook ni Twitter. Nadie escapa a esa innecesaria exposición. O invasión.

Esta modernidad que ha beneficiado a la información y a la comunicación, definitivamente está afectando las relaciones en lo personal, familiar, laboral y social porque está modificando nuestra conducta. Por un lado, nos ha venido a quitar privacidad y por el otro, pone distancia entre los cercanos.

Incluso a muy temprana edad se ve a los niños inmersos en esos aparatos, conectados por horas sin interactuar con quienes le rodean.

A través de consolas los niños hablan con otros amigos desde cualquier distancia sin tomar en cuenta la hora.  Pueden jugar sin programar citas previas. Pero hay un problema: niños o adultos pasan horas en frente de una televisión jugando con videojuegos horas tras horas. Se pierde el contacto humano y la interactuación cara a cara. El calor humano es cada vez menor. Nos estamos mecanizando.

Así también se da por sentado que siempre estamos disponibles para atender cualquier llamada. Alguien nos marca al celular y entabla una visita telefónica sin antes preguntarnos si podemos o no disponer de unos minutos para atender su llamada.

O bien, en un restaurante o en cualquier reunión o encuentro familiar, nuestros supuestos interlocutores se abstraen en infinitas y prolongadas conversaciones vía WhatsApp ignorando por completo a quien tienen al frente o justo al lado.

“Esto es importante”, es la socorrida excusa para atender a quien no está y desatender al que sí está.

La tendencia va en aumento si no hacemos nada para detenerla. Cada vez seremos más maleducados y menos sociales. Porque  no me parece que comunicarse vía celular, WhatsApp o cualquier otro medio de los que facilita la modernidad sea una manera de socializar en el sentido más cierto de la expresión.

Esta revolución tecnológica ha venido a cambiarlo todo facilitando muchas cosas pero a costa de invadir nuestra privacidad y quebrantar las relaciones personales porque cada día nos distanciamos más.  Basta con apretar un botón o una tecla y nos transportamos a donde queramos.

Eso sin contar la invasión de cámaras y registros de llamadas que en nombre de la seguridad se implantan en muchos establecimientos comerciales y centros de trabajo.

El avance en estos campos ha sido tan rápido que sus regulaciones no van a la par con esa vertiginosidad experimentada y urge que se establezcan reglas y hacer que se cumplan.

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Sobre la autora

Periodista. Ha laborado en los principales medios escritos del país. Fue editora de la revista Madre Única editada por Editora AA y miembro del cuerpo de redactores fundadores de Diario Libre. Especializada en la entrevista, recopiló las publicadas en la revista Rumbo y en el periódico Listín Diario en un volumen titulado "La palabra de los sueños".