Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Víctor Manuel, el asturiano, en Santo Domingo

En torno a un hecho artístico pueden desatarse insospechados fenómenos. Los sentimientos, azuzados por el arte vibran, se expanden, crecen hasta convertirse en olas. Como cuando arrojas una piedra al agua, solo que en este caso la imaginación y las emociones multiplican sus efectos.  Algo así me sucedió en el concierto del español Víctor Manuel  en el Teatro Nacional de Santo Domingo, el pasado fin de semana.

Primera impresión: ver a este viejo conocido en el escenario después de algunos años y constatar su extraordinario parecido con mi padre, cuando este vivía sus últimos días hace ya más de 20 años. Nunca supe con certeza de dónde llegaron los antepasados de mi viejo, vagamente escuché alguna vez que eran del norte de España. Ahora la gestualidad de Víctor Manuel, su sentido peculiar del humor, los cuentos y tradiciones de su tierra, cantadas o narradas entre canción y canción, todo ello de golpe, me hacen pensar que mi viejo también procedía de Asturias.

A fin de cuentas, lo importante es no dejar morir el instinto; saber que no podemos cambiar el mundo radicalmente pero sí aportar al menos, con nuestra acción individual, para que no se pierdan la memoria, los referentes y los valores en los que creemos.

Conocer nuestros orígenes puede o no tener importancia para la gente. Hay países donde cada quien estudia e investiga minuciosamente su genealogía. Recuerdo a Radona, una texana de cabello negro y lacio, piel muy blanca y ojos azules, quien desglosaba en por cientos exactos sus genes cherokees, irlandeses y no recuerdo cuáles otros. Los estadounidenses suelen tener bien claro sus orígenes y hablan de una octava parte de esto, tres quintos de aquello y dos décimas de lo otro con tremenda seguridad.

También sucede que hay países en los que la gente no se interese por el tema o incluso no quiera enterarse. De ahí ese refrán que en República Dominicana y también en algunas regiones de Cuba habla de la mancha detrás de la oreja o pregunta: ¿Y tu abuela dónde está? El negar nuestros orígenes nos empobrece culturalmente porque  amputa de un hachazo de ignorancia una parte importante del acervo cultural que nos lleva a ser lo que somos.

Pero regresemos a Víctor Manuel y otras muchas emociones. El espectáculo fue preparado a partir de sus vivencias y las tradiciones e historias familiares. Puso también de manifiesto temas sociales como sus experiencias con la censura bajo la dictadura franquista, algo que, personalmente, me sonó familiar. El público hizo resonancia con sus palabras, sobre todo cuando se refirió a su participación en “7 días con el pueblo” y al asesinato de Orlando Martínez el 17 de marzo de 1975.

Yo pensaba desde mi butaca en las tantas veces que la vida nos coloca en la disyuntiva de elegir entre los cómodos espacios personales y la rebeldía ante los males de la sociedad. Me identificaba con sus canciones y al mismo tiempo me preguntaba si yo mismo había sido consecuente en cada momento de mi vida. Alguien llegó a deslizar en mi oído un reclamo: “También hace arte comercial”, y yo pensaba que,  a fuerza de sobrevivir y sin importar cuántas veces nos levantemos contra la injusticia, todos tenemos momentos en que aceptamos las reglas del juego.

A fin de cuentas, lo importante es no dejar morir el instinto; saber que no podemos cambiar el mundo radicalmente pero sí aportar al menos, con nuestra acción individual, para que no se pierdan la memoria, los referentes y los valores en los que creemos.

Los tiempos de los héroes y las revoluciones parecen haber pasado de moda, distorsionadas, manipuladas, vencidas; pero creo que esa noche  todos recibimos de ese cantante asturiano que me reveló el origen de mi padre; un breve aliento para seguir creyendo, aun desde nuestras inercias personales, que un país y un mundo mejor, es posible.

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