Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Cambiar sí, pero desde la gente

Con mucho cuidado me centraré hoy en un aspecto muy específico y vital para el análisis sobre la Cumbre de las Américas recién finalizada en Panamá. Propongo hablar de la cultura del debate, inherente a toda democracia.

Esta es una materia muy presente en mi profesión; tanto en la faceta docente universitaria como en cursos que ofrezco a empresas y otros clientes con el fin de que multipliquen la eficiencia de su actividad. Saber argumentar es la base y esencia de toda discusión; desde la más pedestre sobre pasiones deportivas o preferencias por tal o cual sabor; hasta la más trascendental que tendrá incidencia en el futuro de un país en el corto, mediano y largo plazo.

El cubano tiene que aprender a tener criterio propio, sacándose el lastre mental de décadas de encierro y de conflictos, de frustraciones y odios.

Una supuesta apertura en las relaciones con Estados Unidos presenta desafíos al interlocutor cubano, que por ahora se limita al círculo cerrado de secretos y estrategias inconsultas con el resto del liderazgo de su gobierno. Uno de ellos es convencer al gobierno estadounidense de que la voluntad de apertura es real; al pueblo cubano de que este proceso traerá beneficios para todos sin que el gobierno sea visto como quien entrega el país ni traicione su discurso ideológico de 56 años con sus múltiples costurones y remiendos. A los aliados del gobierno cubano en América Latina y el mundo, de que se trata de una victoria revolucionaria, no de una rendición.

Pero no son los aprietos del gobierno lo que me preocupan, sino los cubanos y su capacidad de apoderarse de un sitio en el debate, de hacerse presente con efectividad y ser un actor válido en cualquier ecuación que defina el futuro del país. Eso es algo que no le va a regalar nadie; ni los inversionistas ávidos de exprimir territorio cuasi virgen, ni el gobierno de la isla que no ceja en mantener el control férreo, ni el gobierno estadounidense con sus intereses obvios.

El cubano tiene que aprender a tener criterio propio, sacándose el lastre mental de décadas de encierro y de conflictos, de frustraciones y odios. Tiene que aprender a argumentar civilizadamente, lo que es lo mismo a persuadir; de sumar fuerzas a su causa y de hablar de usted a usted con quién sea que tenga el control o pretenda tenerlo en ese proceso que puede reservarnos grandes sorpresas en su evolución.

Una viñeta en una Reader Digest de los años 40 del siglo pasado, trazaba un retrato de “el cubano” cargado de ironía y humor pero con aseveraciones acertadas; como aquella de decir que el cubano no discute, sino que dice de entrada a su adversario: “usted está absolutamente equivocado”, con lo que queda cerrada cualquier posibilidad de diálogo.

Esa actitud la he visto dentro y fuera de la isla, entre personas vulgares o bien educadas de uno y otro bando. La pasión nos ciega, las emociones nos asfixian; y el cerebro, abotagado por medio siglo de consignas, discursos y manipulaciones de todo tipo y origen, no encuentra la manera de organizarse para un verdadero diálogo. Lo vimos con las perretas de varios miembros del bando oficialista durante la Cumbre; en los denuestos en las redes de los más recalcitrantes del exilio. El enorme vacío de cultura democrática nos asfixia como nación. Sin este factor, poco podremos lograr y se impondrá la fuerza, la del dinero o la del poder de los que nos llevan la ventaja de quienes han controlado los acontecimientos hasta hoy.

Sería muy triste que la Historia de Cuba siga siendo la misma de dependencia y exclusión a su gente, iniciada aquel aciago día de 1492, en que las carabelas avistaron ese bendito territorio que hoy llamamos Cuba.

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