Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Envejecer en el mundo de hoy

Decía Simone De Beauvoir, la reconocida intelectual francesa fallecida en1986 a sus tempranos 78 años: “Cuanto más vieja soy, mayor parece el poder que tengo para ayudar al mundo; soy como una bola de nieve que entre más lejos rueda más crece”.

Son sin dudas las palabras de una mujer de temple, de una intelectual admirable que supo muy bien pensar y vivir con los pies en la tierra, más allá de que sus ideas o decisiones vitales hayan sido del gusto de unos y el desagrado de otros. No es mi afán aquí juzgarla.

La sociedad parecería avergonzarse de sus viejos. Apenas estos pasan su edad productiva, parecieran estorbar. Dependiendo de las tradiciones y evoluciones culturales; el adulto mayor comienza a vérselas solo; a merced de la indiferencia de la sociedad y muchas veces, de su propia familia.

He visto en no pocas ocasiones esa mirada que clama por atención, por ayuda, que delata que ya no pueden valerse por sus propias fuerzas…

Se olvida, con demasiada facilidad, que si bien los niños y los jóvenes son el paradigma del futuro, hemos llegado hasta aquí gracias a aquellos que hace mucho tiempo fueron también niños, luego jóvenes. En su momento aplicaron todas sus energías y muchas veces, en épocas heroicas, su coraje, para hacer posible que la vida continuara su paso, y hoy gocemos de ella.

Como Simone, muchos viejos saben de sus fuerzas, de su capacidad para aportar a la sociedad; pero no son escuchados. El conocimiento hoy viene enlatado, manipulado y listo para engullir a través de los medios, de la internet… Y los viejos, que son nuestra historia, languidecen olvidados en los rincones de la cotidianidad (salvo pocas y honrosas excepciones, claro está).

La República Dominicana es uno de los países donde aún se valora, como tradición, como cultura de vida, al adulto envejeciente.  Es algo que se da por hecho, pero bien vista las cosas, ¿qué otras opciones tienen los viejos fuera del apoyo que les dan sus familias (las que quieren y pueden dárselo)? Parecería que faltan leyes, infraestructura, instituciones… ¿Cuántos especialistas en Gerontología tiene el país?  No sé. No conozco las estadísticas, pero sospecho que no muchos.

En las sociedades actuales da la impresión que las buenas tradiciones de venerar a los más viejos en la familia se van debilitando, incluso allí donde fueron un sello de la cultura y las buenas costumbres.

A los adultos mayores no les basta pensarse la bola de nieve que crece, como decía sentirse Simone. Saben que la nieve se derrite, que su protección cede y los hace vulnerables. Saben sobre todo que el final se acerca paso a paso. Pero cada vez son menos los que escuchan. He visto en no pocas ocasiones esa mirada que clama por atención, por ayuda, que delata que ya no pueden valerse por sus propias fuerzas… Pero nadie presta atención, o muchas veces entienden, pero no pueden hacer nada más que resignarse.

No olvidemos que “Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir mucho tiempo”, como dijera con suficiente ironía ese otro francés, el errático crítico Sainte Beuve. Y todos queremos vivir lo más posible, pero ¿qué va a ser de los mayores dentro de diez, quince, veinte años?

Por lo pronto me aferro a la sabiduría de Aristóteles y a aquella idea de que “En el movimiento estála vida y en la actividad reside la felicidad”. Por eso ahora, que aun tengo fuerzas suficientes, comienzo a clamar junto a otras voces por la atención adecuada y una vida digna para los viejos de hoy, para los que seremos mañana; para todos nosotros, los seres vivos de esta tierra

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