Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

El que a hierro mata...

Esto de la violencia cotidiana ya se pasa de castaño oscuro. El número de personas que cada día mueren por las armas en manos de otros es alarmante. La muerte violenta se ha convertido en “lo normal”, lo aceptado, sin que provoque la más mínima emoción en quienes leen las noticias, horriblemente ilustradas con fotos que muestran sin pudor la crudeza de las escenas…  Espero que no hayamos tocado fondo; porque sería aceptar que hemos sido devueltos, a pesar de la inteligencia, la razón y todo lo que nos hace creer que no somos animales, precisamente a ese lugar del que salimos definitivamente, (eso espero): el reino de la jungla.

Únicamente el interés de los fabricantes de armas y el contubernio con la avaricia de los gobernantes, puede haber empujado a los países a jugar tan peligrosamente con la idea de que los ciudadanos simples deben armarse para proteger sus vidas. Viví muy de cerca la experiencia en las calles de Miami, en los barrios de Filadelfia, incluso en un negocio del distinguido sector blanco de Springfield, donde un empleado descerrajó dos disparos a la cabeza de un cliente solo porque este le molestaba con su charla mientras el abnegado trabajador hacía su trabajo.

Pienso en lo que puedan sentir los que lucran del billonario negocio de las armas, desde el gran productor, el respetable magnate industrial, hasta el comerciante del mercado negro; cuando ven en las noticias los resultados de su “emprendimiento”

Ese hecho me marcó tanto que en torno a él construí mi novela “El cliente tatuado” para hablar de las esencias de un país tremendo, que ha logrado enormes avances en todos los terrenos, pero que alberga varios cánceres que lo corroen por dentro. La posesión de las armas, es solo uno de ellos, pero uno terrible.

Cuando pienso en mi país de origen y toda su controvertida historia, encuentro razones para dolerme pero también otras que me hacen sentir bien. Por las razones que fueran, desde los años sesenta se recogieron las armas de fuego a la población. Ello, junto al desarrollo de la educación y la cultura impidió un baño de sangre como el que día a día ocurre en muchísimas naciones y parece pasar inadvertidamente  ante los ojos de todos.

Cada día escucho historias de atracos, armas desenfundadas impulsivamente, heridos y muertes, todo ello injustificado. Cada vez que leo en la prensa –y esto es todos los días- las crónicas sobre vidas truncadas a causa de un exabrupto, una molestia, una diferencia de opiniones;  pienso en cuantas vidas se habrían salvado si los criminales no hubieran tenido tan a la mano un arma de fuego. También pienso en lo que puedan sentir los que lucran del billonario negocio de las armas, desde el gran productor, el respetable magnate industrial, hasta el comerciante del mercado negro; cuando ven en las noticias los resultados de su “emprendimiento” ¿Remordimientos? No lo creo.

A ratos me pregunto qué podrá pasarle a cualquier ser querido o a mí mismo si un día me cruzo por azar, en circunstancias dadas, con alguien que porte un arma y no piense dos veces para usarla. Me niego a vivir con temor, pero ante tal posibilidad pienso en primer lugar en el estado, que está en la obligación de garantizar la seguridad ciudadana. No me sirve.  No sucederá. Entonces, ¿qué opción le queda a la persona honesta que respeta la ley? ¿Hacerse matar? ¿Dejarse llevar por los instintos y armarse hasta los dientes para regar plomo y sangre a la primera oportunidad en que se sienta amenazado?

No sé. No tengo la respuesta para este nudo gordiano de la violencia. ¿Alguien me ayuda? ¿Alguien pude convencerme de que no hay más opción que soportar este orden de cosas?

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