Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Relatos salvajes de Ida (y regreso)

Hace unos días disfruté de la hermosa película “Ida”; obra del director Pawel Pawlikowski, que disputó y ganó el premio a la mejor película extranjera en la reciente edición de los Óscar.

Este drama que se ubica en la Polonia de 1960, nos muestra la vida de Anna, una joven novicia que está a punto de hacerse monja, cuando sale del claustro y descubre un oscuro secreto de familia que data de la época de la ocupación nazi. Magnífica historia; magistral cinematografía con muy cuidada fotografía, (para mencionar uno de sus grandes méritos), y un tratamiento muy peculiar de la trama, de por sí ya buena, en el que abundan los silencios, los planos generales, los detalles y un tratamiento impresionante de la luz.

 Tal vez fui yo quien se dejó avasallar por la intensidad dramática permanente, casi esquizofrénica de la película de Szifron

Personalmente, ver esta propuesta fue para mí un viaje de regreso a aquella época en Cuba, durante mi adolescencia y primera juventud; en el que a falta de la opción estadounidense, consumimos mucho cine europeo de todo tipo, pero sobre todo, ese rico cine centroeuropeo de grandes creadores como Andrzej Wajda, Istvan Szabo, Miklos Jancso, Werner Herzog y otros; que tanto influyeron en mi formación cultural.

Mientras disfrutaba de “Ida” me preguntaba si la decisión del Jurado había sido la mejor, considerando que la otra en competencia era la argentina-española “Relatos salvajes”, dirigida po rDamián Szifrón; una película tan intensa y de tan variado registro, que le caben todas las clasificaciones a un tiempo: Comedia, Drama y Thrilller.

Y no es que quiera compararlas. Las valoro a cada una en su propia dimensión.

Al abandonar la sala al final de la proyección, me preguntaba si acaso la Academia se había dejado sorprender por un cine que desde los años sesenta viene acumulando obras maestras, a despecho de (o quizás debido a) los cataclismos históricos que ha atravesado esa zona en medio siglo. Hablo del cine polaco pero lo hago extensivo al cine de lo que se llamó el Este europeo.

 Tal vez fui yo quien se dejó avasallar por la intensidad dramática permanente, casi esquizofrénica de la película de Szifron, que apenas quince minutos después de comenzar había alterado ya mis percepciones, al punto en que me hacía reír a carcajadas en momentos de intenso dramatismo y mirar atento, en estado de sobrecogimiento, en situaciones que podrían parecer hilarantes.

 ¿Sería la impronta de una película muy bien hecha y filmada en el siempre impresionante blanco y negro? ¿O tal vez lo exótico de un modo de hacer cine dejado de la mano por Occidente, que ahora vuelve a buscarle, a reconocerle, a dejarse sorprender por él?

 Esclaro que estamos frente a dos obras de arte; que ambas se llevan calificaciones excepcionales en todos o casi todos los renglones.Pero en mi opinión de espectador, (uno más entre los muchos que colman las salas del Fine Arts Novo-Centro en las últimas semanas, persiguiendo las obras premiadas por la Academia), esta vez la decisión final no fue feliz.

 Honrar un estilo clásico de hacer cine en determinada zona y época; eso puede hacerse en una muestra, en un premio especial; pero reconocer la garra, la propuesta atrevida, innovadora, certera de Relatos Salvajes; creo que es lo que correspondería a un arte e industria que debe valorarlas propuestas que van marcando y definiendo una vanguardia a la altura que debe tener el séptimo arte en los días vertiginosos que vivimos.

Es sólo la opinión de un espectador. No sé lo que puedan pensar otros. Igual, si no las ha visto, véalas. Ambas lo merecen, no importa si al final su opinión coincide con la mía, o no.

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