Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Países en el Zoo del mundo

El mundo, dividido en países, parecería un gran Zoo para el observador del devenir histórico.

Hay países que parecen congelados en el tiempo, que alguna vez fueron proyectos de una nueva vida y encallaron en los caprichos de las ideologías, en los callejones de la confrontación, en las redes mortíferas de la geopolítica.

Hay otros que han seguido a paso lento hasta la impaciencia historias grises, a veces muy oscuras. Países que han caído y se han levantado y otra vez avanzan y se detienen pero vuelven a avanzar. Son los más y sus noticias pocas veces ocupan titulares. 

Hay aquellas grandes naciones que por siglos ocuparon lugares de timonel del mapamundi, que avanzaron siempre indetenibles a cualquier precio; ganando odios y adhesiones a partes iguales; no exentos de crisis y retrocesos ellos mismos pero siempre buscando renovarse, avanzar, no perder preeminencia (a las buenas o a las malas).

Temo por su paso pero me anima la idea de verlo un país  cambiante, diferente; un país en el que pueda otra vez vivir y respirar sus aires marinos, sus sonidos y olores sintiendo que pertenezco, que me pertenece, que puedo y podemos seguir andando juntos.

Hay países, pequeños, medianos, oscuros, olvidados, que no parecen formar parte de este mundo. Otros parecidos a estos que, convertidos en víctimas sangrientas caen en el olvido porque los borran, los ocultan, o porque los ojos de la corrección se cierran al testimonio del horror que viven.

La Naturaleza, la Política, la Economía, las Religiones (sus tendencias extremas) y las (aparentemente vencidas) Ideologías, todo  unido  a la testarudez, o la ambición, o la desidia, o el tedio, o la embriaguez de la gente… todos son factores que determinan su sino.

Vivo en un país de suma belleza; lleno de gente linda por naturaleza, que ha sufrido un poco de todos esos factores; que ha tenido largos períodos de oscuridad y dolor, que ha sufrido engaños, despojos y cataclismos de todo tipo, que aún padece de algunos males y nuevas dolencias; algunas de ellas objeto de sus debates actuales con los que van logrando de a poco algunos frutos. Un país que en poco más de veinte años se ha transformado en buena parte de su fisionomía y que sigue empeñado en superarse, que no se detiene ni se enquista. Un país que merece triunfar no sólo para unos pocos, sino para todos. Un país al que sonrío agradecido.

Desde aquí, agitado por problemas cotidianos que no son sino parte de las contradicciones que van generando esos cambios;  miro de soslayo hacia la esquina por donde se oculta el sol, a veces escéptico y otras, optimista; hacia el territorio que me dio vida y sustancia, a ese país que pudo ser otro y se estancó, descarriado en algún punto de la historia. Siento que empieza a moverse, a sacudirse la pátina del tiempo y las enredaderas de la inmovilidad. Temo por su paso pero me anima la idea de verlo un país  cambiante, diferente; un país en el que pueda otra vez vivir y respirar sus aires marinos, sus sonidos y olores sintiendo que pertenezco, que me pertenece, que puedo y podemos seguir andando juntos.

Sí. Lentamente, sin mucho apremio pero con emociones que comienzan a revolverse, miro hacia el horizonte y una pequeña línea de sombra que reposa sobre el mar, comienza a definirse. No sé con cuanta celeridad me acerque a él, o si esa sombra no sea más que eso, una sombra prendida al horizonte que se aleja mientras nos acercamos. La vida, la gente y lo que suceda en los próximos meses tendrán la última palabra.

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