Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

La maldad del color

Hijo de madre española y padre mulato cubano; crecí en un barrio predominantemente negro, escuchando aquella frase martiana de “Hombre es más que negro, más que blanco, más que mulato. Dígase hombre y se habrán dicho todos los derechos”. En mi mundo, que se decía nuevo y revolucionario y se batía contra los prejuicios heredados, este era el slogan. Entre nosotros, usábamos con ligereza, como burla sin mayor trascendencia aquello, de “la maldad del color” cuando alguien cometía una torpeza.

Ahora sé que la frase de Martí nunca llegó a materializarse completamente y que los prejuicios y la discriminación racial subyacen, incluso, en aquellas tierras donde nací. Pero no importa. Toda mi vida he tenido por divisa cierta ese pensamiento.

 No me pesó el dinero, pero sí me dolió el poco favor que le hacen esos supuestos pícaros a su propia gente

En algunos sitios de Europa y en Estados Unidos sufrí en su momento distintos tipos de discriminación por mi identidad; sentí la mirada cargada de recelo hacia la otredad. Pero mi experiencia dominicana, en este país de fuerte mestizaje, tiene otros matices.

Contrario a lo que se pueda pensar, una sociedad que rehuye y discrimina “lo negro” no necesariamente es displicente o admiradora de “lo blanco”. Tal vez sea la pobreza (sobre todo la de espíritu) o la ignorancia, la que anima en muchos cierta agresividad hacia quienes por su piel más clara y su condición de extranjero ven como víctimas perfectas del posible engaño y la extorsión; en manjares para ser exprimidos hasta dejarlos secos.

Esa pobre gente identifican sin argumento alguno al “blanco” como la persona pudiente, el invasor, el privilegiado, el explotador… y todos los epítetos posibles con carga peyorativa.

Ya acumulo buena experiencia como víctima del macuteo que sufrí sobre todo en mis inicios; como objeto preferido para ciertos representantes de la ley que se acercan tanteando la posibilidad de imponer el poder y la fuerza y arrancar un ilícito peaje. Pero me he curtido, les advierto.

Hace unos días alguien se aprovechó de una situación confusa y mis buenos sentimientos para sacarme los últimos pesos que me quedaban en las vísperas del cobro. Enero es un mes cuesta arriba para casi todos. No me pesó el dinero, pero sí me dolió el poco favor que le hacen esos supuestos pícaros a su propia gente; cómo alimentan el prejuicio en quienes antes no lo tuvieron, cómo pierden aliados posibles en sus luchas (si es que alguien lucha hoy por algo más allá de sus propios intereses), cómo van endureciendo el alma de quienes, quién sabe en qué ocasión, podrían trabajar por ellos, tenderles una mano, ser sus aliados.

En el balance final todos perdemos. Unos pierden cuatro pesos, la fe, la sensibilidad y comienzan a palidecer los sentimientos solidarios hacia los más necesitados (aunque no iguale su condición social con criminalidad. Ya se sabe que delincuentes hay en todas las clases, sin excepción). Los otros no salen de la pobreza, se ganan el rechazo y la mala voluntad y quizás, un día pierdan la vida ante un ciudadano cansado de ser burlado, abusado.

En lo personal, empiezo a lamentar esta apariencia de blanco que me convierte en víctima potencial; a perder la paciencia para busca salidas civilizadas cuando soy víctima de un intento de tumbe, macuteo, extorsión y hasta, quizás, un día pierda la capacidad de discernir y llegue a dar una respuesta violenta a estos delincuentes cualquiera sea su calaña, su rango, su condición y hasta el color de su piel. Sé que ese día me habrá alcanzado la maldad del color, de la que parece no puede desprenderse el ser humano. Pero es que hasta los justos, llegan a cansarse un día. Lo advierto.

 

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