Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Cuando volar es una pena

Una de las pocas cosas que no me gusta de vivir en una isla, es que la posibilidad de estar en contacto con otras tierras se limita casi exclusivamente al viaje en avión.

Hubo épocas en que no había nada para mi como viajar en una aeronave. Era fascinante sentarte en aquel espacio impecable, con aire acondicionado, en el que te ofrecían entre sonrisas y toda clase de gestos amables, comida y bebida sin tener que desembolsar un peso. Y para coronar el acto, luego de un tiempo y las emociones del vuelo y el aterrizaje, el acto de magia: se abría la puerta y te encontrabas en un país diferente.

Cuando por fin llegas al avión, chocas con la austeridad exasperante de las aerolíneas estadounidenses.

Todo eso cambió hace ya mucho tiempo. Luego del fatídico 11 de septiembre viajar se convirtió en un incordio, agravado  con la crisis del 2008 en EE. UU. Aquella sensación de magia trasmutó en sufrimiento. Hoy, desde que arribas al aeropuerto te agreden las restricciones de seguridad y los excesivos controles; el quítate los zapatos, la correa y todo lo demás, el cateo y las sospechas… Cuando por fin llegas al avión, chocas con la austeridad exasperante de las aerolíneas estadounidenses.

Hace poco hice un viaje con una de esas compañías que más que “económicas” deberían confesarse “miserables”. Viajes recientes a y por Latinoamérica a bordo de Copa, LAN, Avianca y otras me habían devuelto la confianza en los viajes aéreos. Así fue que llegué al aeropuerto desprevenido.  El despacho, lento y con la sorpresa de una política de equipajes escrita en letra muy pequeña: Hay que pagar por el equipaje de cabina como el que se despacha y el precio de cada bulto ronda los 60 dólares. La tripulación, más insípida y poco amistosa que conductor de carro público. El servicio de alimentos peor que el del peor hospital: Todo en venta y a precios de viaje a Marte, incluida el agua de beber. Lo único positivo: la brevedad del viaje.

Llegamos a Fort Lauderdale a una hora de poco tráfico aéreo. Calculé que en unos 15 minutos estaría abrazando a mi hijo y poco más tarde al resto de mis seres queridos. Pero, iluso yo, no contaba con las eternas remodelaciones y ampliaciones de aquella terminal que siempre me pareció más “friendly” que la de Miami. Ahora los pasajeros debimos hacinarnos entre unas líneas de control de multitud que nos obligaban a serpentear, recorriendo el mismo salón unas siete veces de pared a pared, hasta llegar, unos 40 minutos después a las cabinas de Inmigración. Luego recuperar el equipaje y solo entonces, al fin, el abrazo filial.

La estancia fue espectacular; ajena a los avatares turísticos, concentrado más en recuperar el tiempo perdido sin contacto directo con mis muchos afectos. Un baño de ternura, cariño, buenos momentos y todo eso que hace que los días vuelen y casi en un pestañeo llegue el momento de regresar a la isla.

Y vuelta al calvario de los aeropuertos, a más pagos aun por el equipaje, al vuelo incómodo y ¡por fin! la llegada a la isla, la maravilla de estar otra vez en casa, de haber superado la carrera de obstáculos que es el viaje en sí. Y comienzas a planear la próxima vez, deseando sea pronto para volver a encontrarnos con los seres queridos de allá, pero no tanto, para no tener que sufrir ese castigo que representa, la única vía posible que tenemos los isleños de viajar a otro país: los aviones y esas malditas aerolíneas abanderadas de todas las miserias del mundo.

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