Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

La víctima perfecta

Hoy quiero escribir desde el lugar de la víctima.

Lo hago después de varios días sopesando indicios, valorando razones, aceptando y rechazando argumentos. Y hoy pongo punto final a tales disquisiciones por puro agotamiento. Es imposible llegar a la verdad. Aceptarlo no me salva de ser una víctima más, es decir, no me permite vivir tranquilo. De eso se trata.

Los últimos meses han sido posiblemente los de mayor agresión mediática contra el género humano desde que el mundo es mundo. No se si notan el desgaste. Calamidades de escala universal se suceden una tras otra, disputándose protagonismo. Crisis humanitarias producto de epidemias y cataclismos naturales se suceden como las cuentas en un collar. Surgen, se agudizan y desaparecen sin que tengamos tiempo a entender de dónde vinieron, cuáles fueron sus verdaderos alcances ni cómo desaparecieron.

Lo que importa es que sigamos siendo víctimas, que le temamos a todo lo temible: enfermedades, violencia, drogas, creencias, fanatismos de todo tipo, imperfección de la vida biológica del hombre, ruina del medio ambiente…

Y ahí es que entran las víctimas. No me refiero a los miles de muertos por el ébola, ni a los centenares del dengue o la chikungunya; no a los centenares de pasajeros de vuelos comerciales desaparecidos, derribados o accidentados en los últimos meses; tampoco a los atentados tan publicitados en occidente (Hello, Charlie!) ni a las acciones criminales que rozan la categoría de genocidio en África y el Medio Oriente. No hablo de las víctimas de muertes por guerras de baja intensidad como los estudiantes mexicanos desaparecidos ni al cuentagotas incesante de las muertes cotidianas producto de la inseguridad ciudadana, la corrupción, la politiquería y el narcotráfico. Hablo de ti y de mi; de nosotros.

Las víctimas que entran en escena desde que se inicia la paranoia mediática somos nosotros. El show está montado para nosotros. El horror a lo que sucede sin que se sepa claramente el por qué, el miedo a que nos suceda a ti o a mi, a nuestros seres queridos, a amigos y conocidos sin importar qué hagamos o que no, porque donde quiera que nos escondamos podemos ser alcanzados por una forma u otra de terror… Ese es el estado de victimización perfecto para que seamos perfectos desquiciados, esquizofrénicos, inseguros… y el orden reine sobre nosotros en cualquier tipo de experimento de dominación.

Lo que importa es que sigamos siendo víctimas, que le temamos a todo lo temible: enfermedades, violencia, drogas, creencias, fanatismos de todo tipo, imperfección de la vida biológica del hombre, ruina del medio ambiente…

A eso me refiero. Identificarse con el rol al que nos empujan es un primer paso necesario. Luego sobreviene la pregunta: ¿Qué podemos hacer? ¿Apago la TV para no recibir el torrente de manipulaciones? Es un paso, pero hay que seguir. No tengo las respuestas, pero se impone buscarlas. Cerrar los ojos, temblar de miedo y anularnos escondidos en un rincón de la casa no es la solución. Hay que despertar, aunque sea porque nos gane la convicción que más allá de la categoría de víctima no hay otra peor; no queda nada más que el fin.

Y aquí lo dejo. Es que hace un rato no veo las noticias y no sé a quién más han asesinado, qué epidemia comenzó o qué avión pudo haberse perdido surcando cualquier océano. Ya me estoy poniendo nervioso por no estar actualizado y no puedo esperar más para entrar en pánico con la nueva catástrofe. Ya estoy ganado para la causa de quienes manejan las riendas de esta vida. Ya soy una víctima confesa. Ahora ¡sálvese el que pueda! ¿No era eso lo que querían? ¡Pues ya está!

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