Arriba y al fondo

Pienso más rápido de lo que hablo, así que mejor escribo. Este blog es una escalera a mi cabeza (en el pasillo del medio dobla a la derecha en la primera puerta).

La democracia placebo

La República Dominicana es un país democrático. Cada cuatro años se elige a las personas que nos representan y tenemos las libertades civiles y sociales que vienen incluidas en el paquete de la democracia. Como muchas otras cosas, esto sólo funciona en papel. No es que esté poniéndome un gorro de aluminio y diciendo que realmente vivimos en una dictadura, porque no lo hacemos. Pero tampoco vivimos en una democracia. La democracia dominicana es una democracia placebo. Lo que quizás estaría bien para la mayoría porque total, los placebos gracias a los trucos mentales muchas veces funcionan, pero si la medicina es un supositorio, ahí ya se pone fea la cosa.

En un país donde tanta gente pasa hambre, es imposible que exista una democracia real. Vivos como son, no hay nada que los políticos dominicanos sepan hacer mejor que extorsionar al pobre sin que se de cuenta. Esos adefesios mejor conocidos como senadores, diputados, síndicos, alcaldes y presidentes nunca desaprovechan la oportunidad de abrir su corazón al prójimo y regalarle eso que tanto les falta: atención. Atención que viene en forma de regalía por día de las madres. Por Navidad. Por elecciones. El picapollo es el opio del pueblo.

Como dicen por ahí, el malcomi’o no piensa. Alguien que está pasando hambre no tiene tiempo de pensar en cuál candidato hará que el país mejore mañana, porque sólo puede ver a ese que le tira un hueso hoy. Como si fueran viralatas, los políticos le dan algo a los pobres cuando les conviene, cuando con eso los quitan de en medio. El Estado no debería de funcionar como un centro de caridad. El Estado tiene como responsabilidad crear las herramientas para que la gente no se muera por pobre. El problema es ese, precisamente. Nuestro gobierno es el principal creador de esos pobres. En la República Dominicana sólo es bueno vivir si se tiene dinero y como muy poca gente tiene dinero, muy poca gente vive bien. El Estado gobierna para los ricos, lo cual me parece realmente irónico porque ese sector social no es el que los mantiene calentando sillas en el Olimpo tropical.  Ver la condición de los servicios públicos es prueba suficiente de que tenemos un gobierno apático y comemierda.

Esa apatía, que como por arte de magia pretenden compensar con canastas navideñas, es la misma que hace que ganen. El masoquismo (o pendejismo, mejor dicho) es nuestra ñañara social más grande. Esos pobres que sólo ven a sus representantes haciendo algo por ellos cuando toca salir a mancharse el dedo son los mismos que defienden con uñas y garras a sus “líderes.” Ese círculo vicioso de “te doy algo para que votes por mí, si votas por mí te doy algo cuando gane” es la rueda que mueve el motor de nuestra brillante máquina política. Y hasta que no cambiemos de engranaje nunca vamos a tener democracia. La mayoría de las protestas sociales que hemos visto en los últimos años están compuestas principalmente por gente de la clase media y clase media-alta. Cualquier despertar social es bueno, pero si los pobres, que son los que realmente necesitan que cambien las cosas, no se quitan la arena de los ojos no vamos a poder avanzar mucho.

Pero mejor no me hagan caso que diciembre es para beber y no preocuparse por nada, porque ya viene el otro año que con su papel de regalo a cubrir todas las heridas de nuestra media isla. A la clase media no le llegan canastas pero sí le ponen parques de luces que parecen hormigueros, así que feliz Navidad.

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