Arriba y al fondo

Pienso más rápido de lo que hablo, así que mejor escribo. Este blog es una escalera a mi cabeza (en el pasillo del medio dobla a la derecha en la primera puerta).

Dios, Patria y ¿Libertad?

Desde la Constitución del 1844, la República Dominicana se define como un país católico (apostólico, romano). Aunque ya el artículo 38 de esa primera constitución no exista como tal, sólo hay que llegar a la palabra número diecinueve del preámbulo de la constitución actual (2010) para ver la presencia de Dios en nuestra Carta Magna. En teoría, esa eliminación vuelve al Estado dominicano en uno laico, pero bien sabemos que no es así. La influencia de la Iglesia Católica en el Estado dominicano actual no es un secreto, el cardenal López Rodríguez grita demasiado como para que lo sea.

 El concordato pone a la Iglesia en un puesto privilegiado, le da una soberanía que no debería de tener.

Un derecho fundamental, como lo es la libertad de culto, no está realmente garantizado en la Constitución puesto que el artículo 45 establece que esta libertad se terminaría si viola las “buenas costumbres.” Pero, ¿cuáles son esas buenas costumbres? Este concepto puede parecer bastante ambiguo y subjetivo pero realmente no lo es. Según el artículo 4, sección e, de la Ley Orgánica de Educación (Ley 66-97), “todo sistema educativo dominicano se fundamenta en los principios cristianos evidenciados por el libro del Evangelio que aparece en el Escudo Nacional y en el lema ‘Dios, Patria y Libertad’”. Como en el colegio a uno le dieron Moral y Cívica, uno aprendió que las buenas costumbres (aunque no se mencionara directamente) están relacionadas al código moral cristiano. Esto implica que la mayoría del pueblo creció basando sus “buenas costumbres” en la idea de un Dios cristiano que juzga y castiga. ¿Dónde cabe la libertad ahí?

También está el asunto del concordato firmado en el 1954 entre el Vaticano y el Estado dominicano, en ese entonces liderado por Trujillo. Tratado que es prácticamente igual al firmado por el dictador español Francisco Franco en 1953. Benito Mussolini y Adolfo Hitler también firmaron durante sus dictaduras acuerdos que beneficiaban a la Iglesia. Solamente viendo las personas que se encargaron de poner en vigencia esos acuerdos se nos debería de erizar un poco la piel. El concordato pone a la Iglesia en un puesto privilegiado, le da una soberanía que no debería de tener. El nuncio apostólico tiene influencia en el sistema educativo, los obispos reciben dinero del Estado, se les otorgan cargos militares a los obispos y cardenales, el Estado les provee edificaciones a las Iglesias y un largo etcétera. En la mayoría de los casos, si no en todos, los países que tenían tratados de esta índole con la Iglesia los han modificado para que se sean más justos e incluyentes. Sin embargo, en ningún momento ni la Iglesia dominicana ni el Estado han hecho algo para que aquí suceda algo similar.

La República Dominicana no puede ser una nación soberana bajo el yugo de la Iglesia.

La Iglesia Católica es una institución dogmática, por lo que no hace mucho sentido que tenga tanta influencia en un Estado que se supone es democrático. Históricamente, la Iglesia se ha encargado de pisotear los derechos humanos a su conveniencia. A su conveniencia y de manera muy hipócrita, sobre todo. El caso más reciente aquí en la media isla es su ferviente oposición al aborto. Según dicen ellos, quieren defender el derecho a la vida del niño, que, también según dicen ellos (y la Constitución) es un niño desde que el espermatozoide se junta con el óvulo, pero se niegan a defender las vidas de los centenares de madres dominicanas que mueren por causas evitables. ¿Por qué tiene la Iglesia derecho a decidir sobre algo que cae completamente sobre los hombros de la embarazada y su médico? Esta posición pierde más su sentido si pensamos en que si esos niños terminan siendo homosexuales la Iglesia los rechaza. Y si vemos los casos de abuso sexual infantil que se cometen dentro de esta institución, también. Ojalá la observación del Código Penal por parte del presidente Danilo Medina realmente cumpla su cometido, porque la Iglesia ya ha tomado demasiadas decisiones que no le competen sobre el cuerpo de las mujeres.

La República Dominicana no puede ser una nación soberana bajo el yugo de la Iglesia. El Estado debe velar por los intereses de todos, no sólo los de la oligarquía eclesiástica. Pretender defender las decisiones de la Iglesia con la excusa de que en nuestros símbolos patrios hay claras referencias bíblicas es un disparate, porque el mundo del 2014 no es el mismo que el del 1844. Los países deben de ir evolucionando conforme los tiempos, cosa que a esta confundida nación le ha dado mucho trabajo hacer.

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