Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

7 días con el pueblo 40 años después

Conocía bastante sobre este suceso extraordinario ocurrido en 1974, fundamentalmente a través de Freddy Ginebra y el trabajo de recopilación de la memoria cultural dominicana que atesora Casa de Teatro. No por nada esta institución nació prácticamente con aquella osada celebración que fue también jornadas de denuncia y desafío.

Cuando se anunció que se repetiría la idea 40 años después, por la ciudad se esparcieron sentimientos encontrados. Para unos, se trataba de un acto de justicia y la oportunidad de convivir con los recuerdos de aquellos tiempos difíciles pero heroicos, de encontrarse con un pasado que reivindican - aun quienes hoy están demasiado lejos de la actitud de rebeldía de entonces - como los años más vívidos de sus disímiles existencias.

Si esa velada por los 40 años de 7 días con el pueblo provocó en alguien esta suerte de excitación de la esperanza que causó en mi, entonces creo que valió la pena esa sacudida de los sueños, a pesar de todo.

Para otros, la idea era un sinsentido, una burla, partiendo de que en 1974 se desafiaba a los regímenes dictatoriales del continente desde las entrañas del pueblo, enfrentando la represión del régimen imperante en el país; mientras que ahora se trataría de un acto político organizado por un Estado al que se le critica por no erradicar ciertos males, algunos muy similares a los que combatió aquella gesta cultural.

Curioso y desprejuiciado acudí al evento. La noche se empeñaba en mostrarse bella a pesar de ligeras tensiones subyacentes en la multitud que se congregaba en la explanada. La zona limitada para invitados especiales enajenaba al público general de un contacto directo con el espectáculo y los artistas. Ellos, el pueblo, debían observar desde detrás de las barreras. El malestar se hizo sentir en las consignas, pero no duró mucho. El entusiasmo reinante, las voces reclamando derechos y el ambiente como de libertad que se imponía llevó a romper las estructuras de control de multitud, la gente se mezcló con los invitados, y se dio a disfrutar -organizada, disciplinada y en igualdad de condiciones- el espectáculo. Y nadie se opuso a lo ocurrido. Me consta que la acción osada fue bien recibida por los organizadores. Todo el mundo fue atendido por los mozos antes reservados al servicio de los VIP. A partir de entonces, la noche estuvo en manos de los cantores.

En un hecho inaudito por momentos, en el Santo Domingo del 2014 se escucharon uno tras otros y en las voces de jóvenes no nacidos en 1974, cantos que fueron himnos durante las décadas de oprobiosas dictaduras militares, de luchas por alcanzar la democracia. Cada uno lo hizo mejor que el otro; unos más audaces aun lograron entrelazar las epopeyas pasadas con las impostergables del presente; para evitar que nuestros países regresen a la noche del horror, esa que peligrosamente, insiste en golpear a nuestras puertas.

Claro que los conflictos de hoy ya no son los de entonces; pero muchos de los problemas permanecen y se tornan más críticos. Algo habrá que hacer, cada uno desde su sitio, desde sus sentimientos, para sobrevivir y avanzar como sociedades libres. Siempre habrá quien ponga barreras, quien traiga el desánimo, quien trate de quedarse con la mayor parte de todo y de todos, pero siempre estarán los que tengan esa clase de sueños que hacen cambiar las cosas para bien. Si esa velada por los 40 años de 7 días con el pueblo provocó en alguien esta suerte de excitación de la esperanza que causó en mi, entonces creo que valió la pena esa sacudida de los sueños, a pesar de todo.

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