Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Una Cuba posible

Desde Santo Domingo vuelvo la mirada en dirección al occidente (o donde debe estar, porque aquí no existe esa noción geográfica), y puedo percibir cómo, saltando por encima de Haití, hay un canal de aguas peligrosas y del otro lado, la punta de la nariz de ese caimán veleidoso llamado Cuba, tierra donde nací. Por estos días parecería que soplan vientos de cambio (sé que estas palabras traerán asociaciones al lector dominicano, pero fíjense bien, hablo de Cuba). Como cada vez que esto sucede (y ha sucedido muchas veces), el optimista que hay en mí se zafa de las ataduras que le ha impuesto la experiencia, y comienza a soñar con una Cuba posible que, por lo menos hasta hoy, ha probado no serlo.

Sucesivos editoriales hablando de un supuesto reacomodo de políticas desde Washington, visita del canciller español a La Habana, guiños desde la Isla… Uno pensaría que se prepara el escenario para un futuro diferente para Cuba. Pero ¿estará La Habana dispuesta a enrumbarse por caminos más o menos democráticos escogiendo un modelo de desarrollo que despliegue las potencialidades de su gente y le traiga bienestar para todos? Si la respuesta fuera positiva la siguiente pregunta sería: ¿Cómo lo haría? Quienes esperan por ese momento saben que cambiar por cambiar no es el tema, que lo que verdaderamente importa es el corte del proceso que redefiniría el futuro de la mayor de las Antillas.

¿Estará La Habana dispuesta a enrumbarse por caminos más o menos democráticos escogiendo un modelo de desarrollo que despliegue las potencialidades de su gente y le traiga bienestar para todos?

El ansia del poder ha probado ser a lo largo de la Historia de la humanidad el sentimiento más embrutecedor; el aferrarse a sus mieles, la mayor retranca del devenir. No puedo entender que más de medio siglo de políticas fracasadas, de economía desastrosa e inoperante, pueda llevar a los gobernantes de Cuba a otra conclusión que no sea ponerse a tono con la experiencia de otros. Pero ¿de quién?  Entre los aliados y otros regímenes más o menos cercanos a la ideología del gobierno cubano no hay mucho donde escoger. La experiencia china no deja de ser una esclavitud en lo social encubierta por el torbellino económico que deslumbra a los empresarios de todas las latitudes. Mantener el control político liberalizando la economía es algo improbable en esta región del mundo. Tal vez toque ahora estudiar y aprender de las experiencias que han funcionado en América Latina, al menos parcialmente.

Pero ¿a qué adelantarse? Para qué soñar con un segundo paso si aún no es claro qué voluntad habrá para dar el primero. Y  está por ver cuál es la disposición real de EE.UU. a convivir con una Cuba más o menos diferente. Y el tiempo apremia.

Pienso en los miles de cubanos a los que se le fue la vida sin haber podido regresar a su país de origen. En los que ya ni les interesa pensar en ese imposible. En los miles de hijos y nietos que nacieron y crecieron en otras tierras con la añoranza de conocer o regresar a la patria de sus padres y abuelos y que, muchos de ellos, con el paso del tiempo y su asimilación a otras culturas y realidades se fueron olvidando de ese sueño. Si la única razón fuera hacerle justicia a esas generaciones que, dentro y fuera de la isla, se perdieron de vivir su país, ¿no sería esta suficiente?

No hay tiempo. Ya no se puede esperar más para propiciar un cambio que le devuelva al cubano la ilusión y el orgullo por su nación. Es inmoral seguir acumulando las ruinas de lo que alguna vez fue un país funcional, alegre, productivo… Quisiera ser optimista y pensar que todavía hay una oportunidad para esto. Ojalá viva el tiempo suficiente para verlo ¡Ojalá!

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