Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Una aclaración necesaria ¿Procedimiento de rutina o macuteo?

Los nudillos golpean el vidrio de la ventanilla a mi lado. El sobresalto me hace aferrarme al guía. A mi lado, mi esposa palidece. Enseguida veo el rostro entre sonriente y socarrón enmarcado en uniforme de PN, y el dedo que me indica que baje el vidrio. Me saluda y pregunta si traigo armas o drogas. Claramente no, respondo. Hablo tranquilo y con seguridad, producto de mi experiencia. Es la cuarta o quinta vez que me sucede, casi siempre en la Avenida Lincoln. Mientras, el policía escudriña con la mirada el interior de mi vehículo. Por un momento pienso que observa las piernas de ella y me inclino hacia la ventanilla para bloquear su mirada, y al mismo tiempo controlar los movimientos de ambos, especialmente del que va sentado detrás en la moto. El supuesto oficial (no tiene un distintivo con su grado o su apellido que lo haga sentirse responsable de sus actos) pregunta dónde vivo. Le digo la zona evitando dar precisiones. En otras ocasiones he declarado mi lugar de trabajo, buscando dar certezas y al mismo tiempo impresionar para que sepan que si se meten conmigo pueden tener problemas; pero esta vez me detengo ahí. No digo más (¿qué defensa tendría entonces un simple ciudadano sin respaldo de una institución importante?). Eso también me lo ha dado la experiencia. El tipo sonríe, hace un amago de saludo tocando con dos dedos la visera del casco, y parten veloces en pos de la Avenida Kennedy.

Subo el vidrio, respiro e intento calmar a mi esposa. “Ya no me van a joder. Todo está en regla y no tienen argumentos para acosarme”.

Ahora me gustaría escuchar una información oficial sobre los procedimientos que aprueba esa institución, para saber distinguirlos de los ardides de los forajidos que medran dentro de ella.

“¿Y si no fueran policías sino atracadores?”, dice ella con ese sentido común de las mujeres que les permite diferenciar entre una cosa y otra.

Le resto importancia a su comentario, pero bien pudiera tener razón. Y entonces aparece la estúpida idea de que quizás debiera cargar con un arma. Yo, que no soy violento, he acariciado muchas veces esa posibilidad mientras conduzco y tropiezo con un espécimen tan común que es el conductor que atraviesa medio auto asomando la nariz en el cruce de calles para ganar la prioridad. O cuando el que va por la senda a mi derecha percibe un obstáculo en su camino y se lanza a ocupar la mía como empujándome. Ahí no pienso en una pistola, sino en una bazuca. Pero eso es apenas un juego de niños comparado con la circunstancia que acabo de vivir.

“¿Y si no fueran policías sino atracadores?”, resuena en mis oídos.

Me pregunto si este procedimiento, que ya se va haciendo rutinario, está en el reglamento de la PN o si es un recurso que se inventan para tantear posibilidades de macuteo. A la legua se ve que no soy dominicano según los estereotipos. Los corruptos dentro de los cuerpos armados pueden olfatear eso y tratar de sacar ventajas. Por eso me cuido de tener todo documento en regla y, atrincherado en mis derechos, no dejarme atropellar. Ya pagué la novatada durante mis primeros tiempos aquí. Pero basta.

Ahora me gustaría escuchar una información oficial sobre los procedimientos que aprueba esa institución, para saber distinguirlos de los ardides de los forajidos que medran dentro de ella. Eso me ayudaría a sentirme más seguro. También me daría la calma y evitaría que cualquier ciudadano tenga la necesidad de protegerse, de imponer justicia por sus propios medios, haciéndose de un arma como única garantía de su integridad física. Es un imperativo. Tienen la palabra las autoridades del orden público.

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