Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

25 años de la caída del muro de Berlín, ¿caerán otros?

Para quienes aún no llegan a los 30 años de edad, todo esto no será más, si acaso, que historia aprendida. Si han visto la película “La vida de los otros” o han conocido Cuba con una mirada más allá de la epitelial del turista deslumbrado; tendrán una idea más clara de lo que aquí diré. Hoy celebramos un aniversario muy trascendental. Hace un cuarto de siglo caía ante los ojos del mundo, tras semanas de protestas pacíficas y quien sabe cuántas negociaciones y pulsos entre telones, el oprobioso muro de Berlín.

No soy alemán. Para muchas generaciones que lo vivieron, el episodio de la división de Alemania tras la caída del nazismo tendrá sin dudas resonancias mucho más profundas. Soy cubano, pero a mediados de los 80 viví la tremenda experiencia de atravesar ese muro varias veces en ambas direcciones. Era como asomarse a un abismo, a un agujero negro en la Historia; y a un tiempo la acción simple de desplazarse unos metros para transitar de un mundo a otro muy diferente. Puedo imaginar lo que sería vivir en un país, en una ciudad, en una familia cercenada, dividida en dos para convertirse cada parte en mascarón de proa de esas naves gigantescas que durante casi medio siglo batallaron en un capítulo de la Historia contemporánea aberrante y acaso necesario que dio en llamarse Guerra Fría. Cuba, sin un muro físico como aquel, ha sido ya por 55 años una versión del drama.

La primera novela que escribí a mediados de los 90, Casa de cambio, comienza y termina con el paso de la caravana de autos Trabantsa través de Hungría y sus fronteras con Austria. Miles decenas de miles de alemanes buscaban alcanzar el territorio de su propia patria dividida, de la que habían salido en pos de sus propias vidas. Después, estuve en Praga el mismísimo día en que cayó el régimen. A los delegados a un encuentro de organizaciones juveniles internacionales de todo signo político que estábamos allí justamente tratando de redefinir nuestro futuro en medio de un mundo en transición, los representantes del gobierno nos daban seguridades de que el socialismo estaba firme. En ese minuto ya habían perdido la Plaza de Wenceslao y ya no estaban en el poder, pero aún no se habían enterado.

No quisiera que lo anecdótico quite espacio a lo esencial, a lo trascendente. Lo que importa es sacar las experiencias. El mundo hoy es otro. Para los menores de 30 esto no será más que Historia, letra muerta quizás. Pero todos sufrimos igualmente las consecuencias del olvido histórico cuando ignoramos las lecciones de la experiencia. No son menos complejos los problemas que enfrentamos hoy, y si no aprendemos lecciones, las soluciones pueden llegar, no por vías pacíficas, sino por estallidos incontenibles por una chispa que, de manera imprevista, haga que todo se venga abajo después de tanto tiempo de abusos contra las masas ciertamente adormecidas, pero nunca inertes.

Hace unas horas una gigantesca manifestación llegó al Zócalo mexicano e incendió las puertas del Palacio Nacional al grito de Ya me cansé”. Gorbachov, aquel protagonista de los cambios en el este europeo clama al mundo que un nuevo capítulo de la Guerra Fría está por comenzar, si es que no lo ha hecho ya. Aquí las redes sociales y la prensa reverberan con señales de indignación de la ciudadanía. Nadie parece escuchar. Desde los organismos internacionales hasta los poderes locales solo llega silencio, una aparente parálisis, tal vez desidia, indolencia ¿Cuál será el próximo paso, el siguiente estallido, la nueva aberración en la historia del hombre? ¿Tendremos que esperar una vez más a enterarnos por los libros de Historia?

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