Al lado del camino

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados. (Alejo Carpentier)

Ayer pude contemplar la lluvia

Ningún aparato electrónico que haya conocido hasta hoy me produce la euforia que consigo al bañarme bajo la lluvia. Sin embargo ¿cuánto tiempo pasó (sin darme cuenta) desde la última vez que me di ese simple y maravilloso placer? Y no es que haya dejado de llover por años. La lluvia siempre ha estado ahí. Pero sucede que nos vamos volviendo ciegos, nos paralizamos paulatinamente. Otros asuntos absorben nuestra atención, nuestra voluntad y emociones. El tiempo pasa, y cuando venimos a darnos cuenta, se nos fue la vida.

 

Ayer pude visitar uno de esos tesoros tan bien guardados de la República Dominicana: Jarabacoa. Soy hombre de mar, más que de montaña, pero el contacto tan directo con el verde del campo, el azul gris de las cordilleras, el sol, los insectos y demás animales… se conformaron en sinfonía de vida para causar en mí una impresión tremenda. El cuerpo distendido, la sensibilidad agudizada, los sentidos abiertos al embrujo de la naturaleza.

 

Y fue entonces cuando, después de un día soleado de cielos no intoxicados por nube alguna, llegó repentina la lluvia.

 

Habíamos caminado en un saludable ejercicio de subir y bajar empinados caminos, de aprehender todos los olores del campo; sus sonidos, los naturales y otros menos nobles salidos de algún aparato de música en el poblado, intentando destrozar la natural quietud de las serranías. Mucho se piensa en ese ambiente; se sopesan asuntos que en el vértigo de la ciudad no encuentran su lugar ni su momento. Éramos conscientes de estar disfrutando de la escasa oportunidad de estar en un medio muy especial, y respirábamos hondo para quedarnos lo más posible de aquella maravilla.

Fue entonces que vino la lluvia, y los elementos se entregaron al juego lujurioso del placer y el goce. Como pequeñas figuras ancestrales nos dimos a la desnudez y el bautismo de las aguas del cielo. Nuestras infancias respectivas, ya lejanas, se acercaron un momento para limpiarnos de las lacras de la vida moderna, de los dolores y preocupaciones, de las ansiedades y los horrores que cada día de este mundo contemporáneo nos acechan.

 Hace ya mucho tiempo comprendí que somos seres nimios frente a la grandeza del planeta. Creemos ser los amos y señores de la Tierra cuando no somos capaces de generar siquiera tranquilidad, justicia y paz entre nuestros semejantes.  Ayer la lluvia me trajo ese recuerdo. La contemplé por un instante antes de lanzarme con gritos infantiles a su abrazo. Por esas cosas de la mente me sentí más limpio, mi pensamiento más agudo y abierto a ideas antes no aceptadas. Y sobre todo, me reafirmé en la idea de que el mando no está en nuestras manos, sino en la fuerza superior que nos ha gestado y que luego, malagradecidos, destruimos sistemáticamente, cual verdugos ignorantes. Hablo de la vida que reside y nace de la Naturaleza. Hablo del ser humano, principal actor y causante de su propia destrucción.

Si al menos de forma imaginaria, cada uno de nosotros pudiera darse ese baño de los días de la infancia bajo la lluvia, y dedicáramos un minuto a pensar y a entender nuestra existencia; qué distinta sería la vida ¡y cuanto mejor este mundo que habitamos!

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