Arriba y al fondo

Pienso más rápido de lo que hablo, así que mejor escribo. Este blog es una escalera a mi cabeza (en el pasillo del medio dobla a la derecha en la primera puerta).

Carta abierta al piropeador callejero

Saludos,

Primero que nada quiero felicitarlo porque hoy iba a hablar de otra cosa muchísimo más importante que usted pero aquí estoy, enojada tecleándole esta carta. Me imagino que ha de sentirse tan bien, tan hombre cada vez que le vocea una de sus bellas frases a cualquier mujer que tenga la (des)dicha de cruzarse en su camino. A mí realmente me llena de felicidad saber que usted está tan seguro de su sexualidad que tiene que reafirmarla haciendo comentarios sobre tetas y nalgas cada vez que cree que ha visto algunas.

Usted les hace un gran servicio a las mujeres. Imagínese qué sería de nosotras sin usted para recordarnos que sólo somos una cosa ambulante que tuvo la dicha genética de tener sacos de grasa por delante y depósitos adiposos por detrás. Que ridícula yo, dizque pensando y teniendo opiniones y personalidad y sentido del humor. Ja, ja, ja. Todo el mundo sabe que el único trabajo que tiene la mujer es verse bonita para que ilustres ciudadanos como usted nos digan todo lo que nos harían si estuviera oscuro. De verdad, gracias por no dejarme ser lo que no soy.

También deseo felicitarlo por lograr que a todo al que le contemos sobre usted nos diga “showceras” y nos eche un boche por malagradecidas. Tienen razón, claro. Somos malagradecidas porque a quién no le va a gustar que usted, sobre todo usted que es un extraño, nos haga señas con las manos y con la lengua y comente sin saber lo que es censura sobre el tamaño y la redondez de nuestras partes traseras. Somos dramáticas también porque obviamente no tenemos derecho a caminar ni manejar sintiéndonos seguras, sin miedo a que las palabras se vuelvan acciones. Gracias por hacerle ese servicio a la comunidad, después de todo, las mujeres deberíamos de estar trancadas en la casa siempre. Nosotras mismas nos buscamos los comentarios.

No lo culpo por su naturaleza. Es obvio que es lo único que puede hacer si ve a una mujer con unos pantalones apretados, o con un t-shirt y unos jeans sueltos, o una falda hasta los pies. Como le dije antes, es nuestra culpa. A veces se nos olvida que enseñar un milímetro de piel es incitar al pecado y todos sabemos que la carne es débil. Es una pena que todavía en pleno siglo XXI las mujeres no entendamos que usted es el ejemplo perfecto de las maravillas de la evolución y que por ello debemos ajustarnos a su realidad. Quisiera extenderle una invitación a que formule una lista de vestimentas y actitudes apropiadas para nosotras, para evitar tentarlo con nuestra vulgar anatomía.

Quisiera disculparme en nombre de todas esas mujeres que se creen con la potestad de reclamarle a usted y a los demás derechos que no tenemos. ¿A quién se le ocurre pensar que las mujeres merecemos ser respetadas? Si usted nos está hablando le tenemos que dar toda nuestra atención porque para eso estamos en la calle, ¿o no? No sé de dónde nos salió la idea de que cuando usted nos dice algo lo mínimo que debe hacer es reconocer que está hablando con una persona y no con una cosa. Si usted nos pide que le hagamos algo a sus genitales lo más lógico es que le sonriamos y andemos felices todo el día, porque no hay nada que nos pueda hacer sentir mejor que ser convertidas en muñecas inflables. Ver esto como agresión verbal es una ridiculez y a todas esas mujeres que salen a la calle a quejarse de que usted les dijo algo “que ellas no querían” deberían de meterlas presas por difamación y por hacer que los otros pierdan su tiempo. Y ni hablar de las que le responden a usted directamente, vaya locura. Perdónenos, señor, que no sabemos lo que hacemos.

No quiero que tome muy en cuenta lo que estoy diciendo, a fin de cuentas no debería porque nada se me traba en el zipper del pantalón. Sólo quiero terminar diciéndole que, cuando inevitablemente otro como usted le diga un “piropo” a su novia (esposa, hermana, mamá, prima, tía, amiga) y usted se enoje y lo quiera callar a golpes, la hipocresía le haga un nudo tan grande en la garganta que ya no me pueda joder más.

Nunca suya,

Thaís Espaillat

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