Arriba y al fondo

Pienso más rápido de lo que hablo, así que mejor escribo. Este blog es una escalera a mi cabeza (en el pasillo del medio dobla a la derecha en la primera puerta).

¿Hasta cuándo?

“Ningún pueblo ser libre merece 

Si es esclavo, indolente y servil;

  Si en su pecho la llama no crece 

Que templó el heroísmo viril”

Si de algo vale el himno todavía, no merecemos ser libres. Ya nadie lucha por lo que se merece, porque si lo hace nadie lo escucha, porque a nadie le importa. Entonces, como a la nadie le importa, como a nadie le duele, las cosas no cambian. Sí, hay estadísticas que hablan sobre crecimiento pero los números no lo dicen todo. Si se promedian todas las riquezas sin ver quiénes son los que las tienen y quiénes son los que no, se podría decir que hemos salido del hoyo. Pero no, no es así.

La República Dominicana tiene uno de los índices más altos de pobreza en América Latina, un 40.9% en el 2012 según el Banco Mundial. La desigualdad social nos está comiendo vivos. En las últimas décadas sólo un 2% de la población subió de estrato social mientras que un 20% se vio bajando de nivel económico. A esto se le agrega el hecho de que la quinta parte más pobre sólo recibe un 4% de los ingresos totales del país mientras que la quinta más rica recibe un 50.8%, cosa que no ha variado mucho desde el 2002. Hablar de crecimiento económico como sinónimo de reducción de la pobreza es un insulto a todos esos niños que todos los días se mueren de hambre.

En este país a nadie le importan los pobres. Somos esclavos de un sistema corrupto que valora más el dinero que la gente. Un sistema en el que hacer lo fácil siempre será mejor que hacer lo correcto. Nos gobierna una manada de charlatanes. Como a nadie le importan los pobres, nuestros sistemas públicos son un tremendo disparate. Hace días ha estado en boca de todos la muerte de los 11 niños en el Hospital Infantil Robert Reid. Esta tragedia, sin querer minimizarla, no es más que una pequeña muestra de la negligencia de nuestro sistema de salud público. A causa de esto se cambiaron directores y ministros, pero ¿eso realmente resuelve algo? Todos los días en todos los hospitales públicos se muere gente por falta de recursos que todo hospital debería de tener. No hay camillas, ni antibióticos, ni habitaciones, ni sueldos justos. Todos los días los pacientes, los médicos y los enfermeros se quejan pero nadie les hace caso. Porque a los hospitales públicos van los pobres, y a nadie le importan los pobres.   

Somos un pueblo indolente y por eso nos gobiernan personas indolentes. A los políticos no les interesa mejorar el país porque no gobiernan para nosotros, gobiernan para ellos mismos. Al pueblo no le interesa mejorar el país porque seguimos eligiendo a la misma gente que nos puso donde estamos. Somos un pueblo que acepta que todas las tragedias sirvan de campaña política. Porque es más fácil reírse de la tragedia del otro y usarla como flotador que tener una onza de moral. Se supone que cuando uno se postula para un cargo público lo que busca es ayudar al prójimo, hacer que su país sea un lugar mejor. Un cargo público debería de ser un sacrificio, uno que solo la gente realmente honesta podría aceptar, pero bien sabemos que no es así. Todos los años vemos como gente que no tenía nada antes de entrar al gobierno salen con una caravana de yipetas y una lista interminables de propiedades. ¿De dónde salió todo eso? Quién sabe. Sería impensable que esto sea producto de corrupción porque en este país no hay dinero como para que haya gente así de rica. Porque, si no hay dinero para mejorar los servicios públicos, no puede haber dinero para llenarle los bolsillos a los políticos.

Ya no nos merecemos cantar el himno porque nos hemos vuelto todo lo que este reprocha. Somos esclavos de la corrupción y la politiquería. Somos indolentes frente a un pueblo que se está muriendo de pobreza. Somos serviles, sí. Servimos a todo aquel que nos de dinero y la falsa esperanza de mejoría porque, como dicen por ahí, el que no come no piensa. No sé qué más nos falta para que de verdad nos de la gana de cambiar y dejemos de escupirle en la cara a Duarte, Sánchez, Mella y toda la gente que se ha muerto para tengamos un país del que nos podamos sentir orgullosos. Ya está bueno, carajo.

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