Arriba y al fondo

Pienso más rápido de lo que hablo, así que mejor escribo. Este blog es una escalera a mi cabeza (en el pasillo del medio dobla a la derecha en la primera puerta).

Ay, Anacaona

Creo que cada vez que alguien hable del “descubrimiento” de América deberíamos tirarle migajas de casabe en la cara. Migajas porque con eso fue que nos dejaron y a veces hay que vivir entre metáforas. Celebrar el “Día de la raza” en un país donde desde hace cientos de años no tenemos indígenas me parece demasiado irónico. Aunque, claro, es más fácil “celebrar” el “Día de la raza” que el “Día del genocidio taíno”.

Cristóbal Colón no descubrió América, América lo descubrió a él. Descubrió lo que era la falta de moral. La corrupción. El saqueo. El engaño. La codicia. La desigualdad. Colón con su religión y su viruela y sus espejos no hizo más nada que escupir en la comida que le ofreció a un pueblo que nunca le dijo que tenía hambre. El hombre blanco y su complejo de superioridad quemó a una cultura en la hoguera. Ahora sólo nos quedan unos cuantos ríos sucios, unas frutas, unos árboles, unas calles. ¿Qué diría Anacaona si viera que lo que han dejado con su nombre ha sido una avenida con riquezas falsas?

Este artículo es una petición no oficial para que este domingo no veamos documentales repetidos en la televisión.

No creo que ningún cacique esté muy feliz de lo mucho que nos hemos dejado pudrir. Siento envidia de todos los países que todavía tienen sus indígenas, aunque sean comunidades pequeñitas. Siento envidia porque ellos saben tanto sin tener todo el aparataje de la modernidad y el intelectualismo falso. Saben porque escuchan. Saben porque más que ser gente son raíces. Son parte de la Tierra como nosotros, los de afuera, nunca vamos a poder serlo. Quisiera que todos los tripulantes de esos botes malditos hubieran llegado a la India (la de verdad) y hubieran encontrado sus especias y sus telas y sus piedras. Quisiera que nunca hubieran pasado por esta isla bonita para que nunca nos hubieran enseñado a destruirla (y destruirnos) como lo estamos haciendo.

El 12 de octubre debería de ser un día para entender mejor el mundo. Quizás ese día sea más lógico pensar que el sol y la luna nacieron en la cueva Jovovava y que el mar surgió de una calabaza que se rompió. Quizás ese día en algún rinconcito de la isla alguien despierte con ganas de hacer el ritual de la cohoba para que los espíritus nos dejen echar raíces y compartir la Tierra con ellos.

Este artículo es una petición no oficial para que este domingo no veamos documentales repetidos en la televisión. Para que nos llamemos Quisqueya. Para que cocinemos con ají. Para que comamos casabe. Para que nos acostemos en hamacas. Para que pensemos en cemíes y no en santos. Para que seamos tropicales, pero de verdad.

En vez de pretender que eso de que Colón se perdiera y llegara a nuestro patio fue algo bueno, mejor hacer un areito en todas las calles con nombre taíno. O quizás, también, ir al Malecón y pasar por la estatua de Montesinos sabiendo por que gritaba. Y por que deberíamos de seguir gritando nosotros.

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