Lado B

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El amague del vampiro zángano y el fin de la inocencia

Aunque me encanta ir al cine, y con el tiempo he madurado como aficionado del séptimo arte, no todas mis experiencias cinematográficas han sido placenteras. Gracias a esto he desarrollado algunas mañas muy fastidiosas para los demás.

Por ejemplo, cuando voy a ver una película de un director que respeto, o que ha sido galardonada en festivales internacionales o que por algún motivo todos la recomiendan, hago lo posible por no investigar sobre el filme de antemano.

La excusa oficial es que no quiero ver la película con predisposiciones o expectativas injustas, pero la verdad es otra.

Hace muchos años, cuando aún era un joven e inocente espectador, fui con mi hermano mayor a ver una película. Debo dejar claro que todas las visitas al cine con Josean han sido siempre divertidas; por eso, cuando me dijo que me llevaría a ver la película de vampiros más terrorífica y espeluznante en la historia del cine no podía creer mi suerte.

No podía contener mi emoción al preguntarle el nombre de esta oscura obra del género de terror. Él solo respondió: “El paciente inglés”. Al notar mi expresión de duda ante tal título, me explicó que el nombre era una pista sobre la identidad del vampiro, algo que no se revelaría hasta el final del filme.

“Sí, definitivamente es una película de terror”.

Esa noche, cuando estábamos esperando en la fila para entrar a la sala, me sorprendió la cantidad de personas que fueron a ver lo que se suponía que era la más aterradora película de todos los tiempos, especialmente la variedad del público, nunca imaginé que tantas señoras fueran fanáticas de películas de vampiros.

Al ocupar nuestros asientos la emoción no me permitía estar tranquilo, miraba de un lado a otro a la vez que le hacía preguntas a mi hermano sobre la película. Cuando por fin comenzó la proyección nos dimos cuenta de que tuvimos la mala suerte de entrar a una sala con el sistema de sonido defectuoso y cada cierto tiempo las bocinas producían un estruendo similar al de una explosión.

“¡Excelente!”, dijo mi hermano antes soltar una malévola risa.

Fue la experiencia más estresante de mi vida porque cada vez que un personaje discutía con otro o se quedaba solo en una habitación,  pensaba que iba a ser aniquilado por el supuesto vampiro, y aunque en la película no pasaba nada, los estallidos de las bocinas me tenían los pelos de punta. A cada rato le decía a mi hermano que estaba seguro de que el mismo paciente era el villano o me encogía en mi asiento porque pensaba que algo terrorífico iba a ocurrir en la pantalla.

“Sí, en cualquier momento saltará de la cama, revelará que es un vampiro y la acción comenzará”.

Algunas señoras nos llamaron la atención por la tanta bulla que hacíamos; pero ni estas reconvenciones ni los continuos estruendos de las bocinas fueron de gran ayuda para calmarme. Aún así, estuve atascado en este estado de terror permanente hasta darme cuenta de que los créditos empezaron a rodar y que la película había terminado. Cuando le pregunté a mi hermano sobre los vampiros, él me dijo que eso lo explicaban con una escena final después de los créditos, pero que él no se quedaría a esperarla porque ya la había visto.

Y así que me quedé solo esperando ansiosamente la supuesta escena en lo que empleados del cine limpiaban la sala.

“Sí, en cualquier momento veré un vampiro”.

Quince minutos después salí de la sala para encontrar a mi hermano en el lobby, ya le era imposible contener la risa. Siento que ese día aprendí una muy importante lección, aún no sé cuál es, pero desde entonces me he encargado de elegir yo mismo las películas que voy a ver con mi hermano y juré nunca más permitir que alguien me volviera a engatusar de esa manera, juramento que rompí cuando consentí que unos amigos me convencieran a ver “Twilight” bajo el pretexto de que se trataba de una verdadera película de vampiros.

Una vez más me dejé engañar.

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    Una vez más me dejé engañar.

Sobre el autor

Escritor, periodista y publicista. Actualmente este fan del cómics, el cine y la TV labora como editor de la sección de Cultura del periódico digital 7dias.com.do donde su lema es “¡Cultura! ¡Cultura! ¡Cultura!”, que solo está parcialmente relacionado a su lema privado “¡Chin pun pan tortillas papas!”, y su lema como acuariano a medio tiempo “¿Por las barbas de mi tía Petunia!”.