Otro aire


Vuelvo (II)

Como dije antes: Vuelvo. Hasta suena romántico. Estoy segura que para todo el que no ha empacado 27 meses en tres maletas, lo es. Para mí, la verdad, es algo estresante pensarlo.

Primero hay que enfrentarse a papeles que por alguna razón se van acumulando y nunca se me ocurrió botar: facturas de teléfonos a las que puedo acceder por internet, el pago del segundo cuatrimestre de la universidad, un papelito con un teléfono de alguien que ya guardé en mi celular y etcétera, etcétera. Encontré unos seis o siete documentos que tuve que apostillar antes de venir y que la única razón por la que no terminarán en la basura es porque ¡ay, cuánto trabajo que dieron! A la universidad, Ministerio de Educación Superior, a legalizar y finalmente a apostillar. Traje libros que nunca consulté.

Lo segundo que sucede es que ¿dónde voy a meter todo lo que traje en varios viajes en uno sólo? Ropa de invierno, de verano, trajes formales que nunca usé y por ahí va la lista.

Tengo una olla que hace concón que pocos apreciarían aquí “porque la comida se pega”, pero que atesoré.  También tacitas y platos de postre de las de colección, de pintores dominicanos, que mi mamá me mandó “por si había que hacerle un regalito a alguien”. Nunca encontré una doña a quien hacerle tal regalo.

Por una cuestión nostálgica tengo un cuadro que estaba en casa de mis abuelos luego de que mi abuela falleciera. Es un cuadro de mi hermano que siempre me gustó, así que el valor emocional es doble. Lo traje un enero cuando vine poco cargada porque tenía la mayoría de mis cosas aquí. Pero nunca pensé que, así como lo que sube baja, lo que viene, va. Por ahí hay una manzana y una pera de vidrio que tampoco puedo dejar.

¿La parte linda? ¡Volver! Me emociona pensar que cuando llegue al aeropuerto y el avión aterrice la que de la bienvenida lo haga con acento dominicano y que al salir, por el túnel ese, se sienta “un calor y su madre”.  En Migración el que me atienda me dirá “bienvenida” y, contrario a muchos otros que se entristecen al regresar, estaré rebosada de felicidad. Habrá que esperar las tres maletas (esta parte no es tan linda, pero es parte del proceso). Probablemente haya un grupo de parejas vestidas con ropa típica afuera bailando un buen perico ripiao.  Me ilusiona pensar el abrazo que daré a mis familiares al verlos y me pregunto qué reacción tendrá mi gata Mafalda al oír mi voz. En casa me esperará un buen pescado con coco al estilo Samaná, tostones, arroz y habichuelas (este pedido fue hecho ya hace un par de semanas).

Fuera de casa me esperará la vida: con altas y bajas, tapones navideños y un invierno de 25 grados.

Quiero ir al parque con millones de lucecitas a contagiarme de la Navidad. Me quiero encontrar con algo de progreso y con menos corrupción y pobreza. Quiero ver más justicia y tener esa sensación de seguridad que una solo tiene en países desarrollados.

En fin, vuelvo, y no hay nadie que vaya a poder hacerme sentir que volver fue peor decisión que quedarme.

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Sobre la autora

Graduada de Comunicación Social. Ha trabajado como redactora y productora de distintos medios de comunicación en Santo Domingo. En la actualidad reside en Buenos Aires, donde cursa un MBA en Marketing.