Otro aire


Vuelvo

En unas semanas mis dos años en Buenos Aires metidos en tres maletas y yo estaremos aterrizando en Santo Domingo. Todavía mi subconsciente no se ha dado cuenta que regresamos pero, tan pronto lo haga, será una mezcla agridulce: por un lado dejo el país que fue mi hogar por 27 meses y, por el otro, vuelvo a donde pertenezco.

Hay un montón de cosas que voy a extrañar. Extrañaré personas queridas.

En Santo Domingo, ya sea por una cuestión de seguridad, de calor o de que no tenemos esa costumbre, no hay parques en los cuales sentarse a tomar helado, hablar con una amiga o, sencillamente, estar al aire libre por un rato.

El transporte público en Buenos Aires es muy eficiente: hay metro y guaguas con los que se puede llegar a cada rincón de la ciudad. No hay que manejar, ni estar atentos por lo tres espejos de que algún motorista  decida hacer alguna locura. También se camina mucho. Cuando llegué y había que caminar cuatro cuadras me lo encontraba larguísimo, ahora camino veinte como si fuera a la esquina. Las aceras son anchas y la ciudad está hecha para el peatón.

Vuelvo a mi país, donde por alguna razón todo el que está dentro quiere salir. Pero el que sale, añora cada segundo volver.

Hace unos días fui a una Feria de la India. Había distintos puestos de artesanos de ese país que vendían de sus trabajos, demostraciones de danza y charlas sobre la cultura. Todos los fines de semana, en una plaza cercana, es posible comprar artesanía: adornos, joyas, ropa… es un mercado de aproximadamente cien vendedores. Mi favorita, Buenos Aires Fresh Market: un lugar donde distintos productores se unen a vender cositas de comer ricas y saludables.

La otra cara de la moneda es que estaré más cerca de mi familia, podré jugar con mis sobrinos cuando quiera y no tendré que usar Whatsapp o Skype para conversar con alguno de esos amigos de toda la vida. Estaré en casa.

No tendré que pagar un dineral por un plátano y la yuca no estará dura. Además podré beber batida de lechosa cuando quiera.

Podré ir a la playa cualquier fin de semana sin preocuparme porque el agua esté fría. Cuando me haga falta el verde, me podré escapar a Jarabaoa e imaginarme que estoy en los Andes.

Podré hablar dominicano y usar todas las palabras que quiera sin que nadie me pregunte de dónde soy.

Vuelvo a mi país, donde el tránsito es un caos, donde la corrupción nos afecta como un cáncer y donde se paga a luz más cara del mundo. Vuelvo al lugar donde nadie tiene dinero pero constantemente se ven placas del año y los centros comerciales están llenos de personas con fundas. Vuelvo,  vuelvo a un país lleno de contradicciones. Vuelvo a uno de los países más felices del mundo. Vuelvo a un lugar donde se sonríe y donde el mal humor tiene poca cabida.

Vuelvo a mi país, donde por alguna razón todo el que está dentro quiere salir. Pero el que sale, añora cada segundo volver.

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Sobre la autora

Graduada de Comunicación Social. Ha trabajado como redactora y productora de distintos medios de comunicación en Santo Domingo. En la actualidad reside en Buenos Aires, donde cursa un MBA en Marketing.