Otro aire


El prejuicio nos persigue

Fui víctima de la sociedad, de la necesidad, del hambre y, siendo realista, fui víctima de la mala fe. Me asaltaron, en un lugar muy transitado, a las 9 de la mañana, por un celular.

Hoy un celular es mucho más que un celular: es un montón de momentos que se van capturando con la cámara, contactos de antaño y nuevas amistades, agenda, comunicación con amigos y familiares, noticias, juegos (por suerte tenía el Candy Crush sincronizado con el Facebook). Un celular es muchísimo más que el aparato que hace y recibe llamadas que era antes. Sin el celular, sea de la marca que sea, seguro que de alguna manera u otra todos se sentirían desubicados.

Es cierto eso de que la cosa está dura, de que en muchas partes “la guagua va en reversa” y de que una nunca lo nota, hasta que no le pasa  a uno o a un familiar cercano. Por si acaso siempre había estado muy atenta, en las ciudades grandes una está más expuesta.

Me preguntó de dónde era y al contestarle me sorprendió: me dijo que muy probablemente el que me robó era de mi país “o de Colombia... también pudiera ser paraguayo”.

Logré rastrear el teléfono, gracias a un sistemita GPS que tiene. Fui al cuartel de policía más cercano con mi hoja impresa de por dónde estaba. En ciudades grandes roban mucho, así que están acostumbrados y me parece que el criterio para prestar atención a un robo es si hubo tiros o sangre. A nadie le importó, solo a una agente de edad mayor.

Me preguntó de dónde era y al contestarle me sorprendió: me dijo que muy probablemente el que me robó era de mi país “o de Colombia... también pudiera ser paraguayo”. Me sentí avergonzada, y le dije que no todos robamos y que la cosa está dura, que quizás también era argentino. Me contestó que “a los argentinos el gobierno los tiene tan mal acostumbrados a darles todo, que ya ni roban”. Es más fácil echarle la culpa al otro: a los demás países, al gobierno, al quien sea menos a nosotros mismos.

Extrañé a la Policía Nacional, que quizás me hubiera ayudado, o quizás me hubiera pedido ayudarnos mutuamente... quién sabe. Extrañé esa solidaridad de los que estaban alrededor al momento de asaltarme, solo se acercó un chofer de autobús que me ofreció llamar a alguien para avisar. El señor tenía aspecto de ser víctima de la sociedad, de tener necesidad, pero nada de mala fe e indiferencia. A veces, los que menos tienen son los que dan la sonrisa y la ayuda más grande, a veces no. Lo aprendí enseguida, tuve ambas en dos minutos.

Ahora tengo un celular que llama y recibe llamadas, que tiene WhatsApp para hablar tener contactos con todos los que están lejos y que no sale de la cartera en lugares públicos, no vaya a ser que algún otro ladrón se antoje.

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Sobre la autora

Graduada de Comunicación Social. Ha trabajado como redactora y productora de distintos medios de comunicación en Santo Domingo. En la actualidad reside en Buenos Aires, donde cursa un MBA en Marketing.