Otro aire


Cuando se quiere, se puede

Estaba tranquilamente trabajando cuando entró el mail de Recursos Humanos: Caminata Avón (se pronuncia en español, no “aivon” como nosotros), tres kilómetros caminando u ocho corriendo. Al minuto me entró un mail de una compañera diciendo que hiciéramos los ocho. Pensé que estaba loca (cosa que sigo pensando) porque, ¿cómo una corre ocho kilómetros de miércoles a domingo con cero entrenamiento? Pero el poder de convencimiento de mi amiga fue más fuerte.

Así que ahí estaba yo un sábado por la noche cenando arroz (dique para tener más energía), desempolvando los tenis de hacer ejercicio y pensando cómo sobrevivir a los 10 grados pronosticados para el día siguiente con una camiseta rosada, ocho kilómetros por delante y una rodilla que cuando quiere se pone “defectuosa”.

Siete de la mañana en pie, al sonar el despertador ocurrió uno de esos momentos en que una se hace la profunda pregunta de: “¿quién me manda a inventar tanto?”. Pero ya estaba metida en el lío, así que me paré y me puse a desayunar para que no me diera un yeyo en plena carrera.

Al comenzar el kilómetro tres ya las piernas empezaban a pasar factura y se complicaba respirar. El aire era muy frío y con pulmones caribeños como los míos era difícil.

En mi escuela primaria había una profesora que decía que “Cuando se quiere…”, y nosotros debíamos gritar: “¡Se puede!”. Parecía chistosa su frase para crear entusiasmo y subirnos la autoestima en la clase de matemática.  Lo que sí puedo asegurar es que logró su objetivo de que nos metiéramos eso en la cabeza. Varios años – por no aclarar que más de diez- todavía lo recuerdo y de vez en cuando me lo digo.

Era increíble ver señoras de 60 y 70 años en posición para correr. Nos decíamos que si ellas podían, nosotras también.

El kilómetro uno fue tranquilo. Se notaba que era el comienzo: algunos corrían con todas sus ganas y otros nos tomábamos todo con más calma, quizás por el dicho ese de que los últimos serán los primeros. Teníamos la energía a tope y se sentía la adrenalina del grupo.

Al comenzar el kilómetro tres ya las piernas empezaban a pasar factura y se complicaba respirar. El aire era muy frío y con pulmones caribeños como los míos era difícil. El camino comenzaba a hacerse complicado, pero el espectáculo debía continuar.

El kilómetro cinco ya fue casi imposible. Mi amiga y yo nos preguntábamos por qué nos habíamos metido en ese lío y de dónde nos había salido el complejo de atletas. Empezaban a bajar los ánimos.

A partir del kilómetro seis me tocó sola, a veces una tiene que continuar e ir dejando y levantando gente en el camino. En el 7.5 ya no daba más, me encontré con una señora que me alentó: “A la meta no se puede llegar así caminando, es algo de dignidad. ¡Vamos!, ¡ánimo, ánimo, ánimo!”

Y divisé la meta. Las piernas agarraron fuerzas, la adrenalina subió y corrí. ¡Había llegado! En mi cabeza sonó una musiquita clásica, de esas de triunfo. Respiré, esperé a mi amiga, tomamos agua, estiramos y coordinamos cuándo será la próxima corrida.  

No ganamos, no llegamos entre las primera, no llegamos al mismo tiempo, pero llegamos.

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Sobre la autora

Graduada de Comunicación Social. Ha trabajado como redactora y productora de distintos medios de comunicación en Santo Domingo. En la actualidad reside en Buenos Aires, donde cursa un MBA en Marketing.