Otro aire


Una escapada por Perú (Parte II)

Para llegar a Machu Picchu hay que hacer parada casi obligatoria en Cusco. Me llamó la atención verlo escrito con s en todas partes. Al preguntar me explicaron que hace unos años cambiaron la forma de escribirlo porque “cuzco”, si se busca en el  DRAE, tiene un significado algo despectivo.

En quechua “cusco” significa ombligo, los incas pensaban que el ombligo era el centro de toda vida, y para ellos su capital era el centro del mundo. Como en toda ciudad turística, uno conoce lo lindo: calles estrechas de piedra, la plaza mayor, museos y todos los restaurantes de los alrededores. Probablemente todos los habitantes, por ser una ciudad de pasada, están ligados al turismo: meseros, cocineros, guías turísticos, hoteleros… En el Perú no está permitido consumir alcohol al aire libre, por lo que no existen las típicas mesitas en las plazas donde sentarse a tomar algo.

Estar en estas ruinas da paz. Me gustaría poder describir la sensación exacta, pero en el momento quedé medio muda y cuando me siento a pensarlo ni siquiera encuentro las palabras para hacerlo (cliché total, pero cierto). 

La ciudad está a 3400 metros sobre el nivel del mar, por lo que se deben tomar precauciones por la falta de oxígeno. Recomiendan no hacer movimientos bruscos, tomar mucha agua (para oxigenar las células) y tomar mate de coca (algo perfectamente legal y que nada tiene que ver con los efectos de la droga). Subir un piso por la escalera se convierte en toda una hazaña.

Una de las edificaciones más llamativas es el Coricancha, que en quechua significa “templo dorado”. Fue construido en honor al máximo dios, el Sol, y sólo se podía entrar en ayunas, descalzo y con carga en la espalda para mostrar humildad. Las paredes estaban decoradas con oro. A su llegada los españoles le construyeron encima y se le llamó Convento de Santo Domingo. La arquitectura es una mezcla de muros incaicos con arcos. Los huecos de puertas y ventanas tienen forma de trapecio, como medida antisísmica, algunas parece también están medio inclinadas.

El mercado de Cusco es una buena experiencia para sentir la ciudad, tal y como es. Si bien hay venta de un par de cositas turísticas, lo demás es lo que consumen y compran los locales: quinua, papas en todas sus variedades, maíz (los inca lograron desarrollar 35 tipos de maíz), frutas y objetos para el hogar.

A la salida de Cusco hay un refugio de camélidos sudamericanos: llamas, vicuñas, guanaco y alpaca. Se les puede dar de comer y conocer mejor sus similitudes y diferencias. Es una experiencia mágica para niños y un regreso a la niñez para adultos.

Camino a Aguas Calientes, el poblado que queda en la zona de Machu Picchu, está Ollantaytambo. Es en estas ruinas donde ya uno comienza a pensar que estos aborígenes eran muy avanzados. Todas las paredes están perfectamente alineadas, sin un centímetro de error. En la cima de una lomita, luego de muuucha escalera y sofoque para los que están fuera de forma, está el templo, ahí está calculado hasta por donde salen los rayos del sol, para que se filtren por una u otra ventana. En Ollantaytambo se toma el tren de camino a Aguas Calientes. La vista en el trayecto es hermosa.

La única razón de existir de Aguas Calientes es Machu Picchu (montaña vieja), lo que se llama así es la montaña, no las ruinas.  Al llegar lo primero que se ve es un mercado turístico lleno de textiles y plata (la plata peruana es muy famosa). Allí se puede tomar un autobús para ir a las ruinas o subir caminando. Ya no se está tan alto, por lo que se puede respirar sin dificultad. Al entregar el ticket de entrada se empieza a caminar y de repente se ven las ruinas. Este lugar era una residencia de descanso y estudio donde venían los más sabios de todo el imperio. Es una sensación indescriptible encontrarse encima de esta ciudad.

Se tenía dividida el área de trabajo de la habitable por un canal. Los inca fueron construyendo terrazas en las subidas de la montaña para cultivar, una manera de aprovechar al máximo la tierra y el espacio. Había una plaza principal, un palacio, viviendas y distintos templos: el del Sol (que representaba la vida de arriba) y el del Cóndor (que era quien trasladaba el alma de la tierra al Sol). También creían en la serpiente como un dios, que representaba la divinidad de abajo.

Estar en estas ruinas da paz. Me gustaría poder describir la sensación exacta, pero en el momento quedé medio muda y cuando me siento a pensarlo ni siquiera encuentro las palabras para hacerlo (cliché total, pero cierto). Es increíble pensar que estos nativos trasladaban piedras de toneladas, las cortaban, pulían y colocaban de una manera que todas estuviesen alineadas e hicieran una ingeniería perfecta. Eran sabios y conocían y apreciaban la naturaleza, le supieron sacar el máximo sin destruirla. Demuestran que no se necesita gran tecnología ni máquinas para hacer cualquier cosa.

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Sobre la autora

Graduada de Comunicación Social. Ha trabajado como redactora y productora de distintos medios de comunicación en Santo Domingo. En la actualidad reside en Buenos Aires, donde cursa un MBA en Marketing.