Memorial del Convento

Poder decirse es uno de los pocos remanentes de libertad que nos quedan en esta isla cercada de agua por todas partes y de monopolios mediaticos. 7 Dias ofrece una ventana, tan vasta como el universo digital, para los y las asfixiados de la tierra. A ella me aproximo, confiada en la proverbial honestidad de quienes la abren o cierran.

Luis Pie y el silencio de los dioses

Estudiante ignorante de su propia historia, de esa que no nos enseñan en los libros de texto, arribé adolescente a Nueva York, ciudad que en su belleza aún me sobrecoge, sobre todo a esa hora en que el sol enciende todas las vidrieras, y todo el azul  y todo el rosa, el amarillo y  lila de la tarde, desciende para suavizar la duras aristas del cemento.

Afortunada, llegué a Nueva York en plena revolución educativa, cuando negros y caribeños impusieron con su masiva presencia y organización, el acceso de las minorías a las universidades.  Allí entré en contacto por primera vez con la inmensa generosidad caribeña, y puedo afirmar que descubrí que el  Caribe era algo mas que las Antillas Mayores, y que Haití, a cuya espaldas vivimos, estaba apenas a cuatro  horas de distancia y era también Caribe.

¿Y por qué digo que es allí, en Nueva York, donde descubro el Caribe y por ende a uno de sus mejores historiadores y cronistas?

Porque en esa época la mayoría del pueblo dominicano lo que conocía de Don Juan Bosch era  su trayectoria política.  Su fundación y posterior dirección del Partido Revolucionario Dominicano (PRD); su exilio y lucha antitrujillista, y luego su regreso al país, su elección como primer presidente democrático, después de la dictadura más cruel de América, y su posterior derrocamiento.  Es decir, conocíamos al Juan Bosch político, ese que siempre estuvo sometido al asedio del arte y la literatura como  presencias problematizantes de una elección entre su alma de poeta, cuentista y novelista, y su deber como dirigente político.  Un  artista que descubre, vía la reescritura de las memorias del educador y patriota puertorriqueño, Eugenio Maria de Hostos, su vocación como el político dominicano mas importante del siglo veinte.  Dice Don Juan:

“Si mi vida llegara a ser tan importante que se justificara algún dia escribir sobre ella, habría que empezar diciendo: nació en La vega, Republica Dominicana, el 30 de junio de 1909, y volvió a nacer en San Juan de Puerto Rico a principios de 1938, cuando la lectura de los originales de Eugenio Maria de Hostos le permitió conocer que fuerzas mueven, y como las mueven, el alma de un hombre consagrado al servicio de los demás”.[1]

Eugenio María de Hostos, quien  siendo puertorriqueño figura por derecho propio entre los cinco forjadores de la patria dominicana, había logrado encender en Don Juan, con sus textos un amor por el Caribe que ya se atisbaba en sus cuentos, relega a un segundo plano “las  primeras manifestaciones de su rica sensibilidad de artista –que fueron las plásticas- y que quedaron abandonadas al comprender que aquella servia mejor a lo que era su concepción social.  “Aunque entonces no tenia criterio político,  (asi recuerda) lo que si se advierte en los cuentos es que yo tenia una posición social”.[2]

Sergio Ramírez nos cuenta, en el prólogo de la totalidad de los cuentos de Juan Bosch,  que para vencer sus resistencias artísticas Don Juan:

“se dio como una obligación, que el mismo llamo sagrada, la de organizar todo su pensamiento de modo que los dominicanos conocieran su historia y como y por que se produjeron sus hechos.  Perseguía, como el mismo lo había dicho, iluminar la mente de los dominicanos, descubriendo, mediante el análisis de los acontecimientos históricos la causas que los provocan”.[3]

Para hacerlo,  nos dice Minou Tavarez Mirabal, hija de Manuel Aurelio Tavarez Justo y Minerva Mirabal, ambos asesinados, la primera por la dictadura de Trujillo, y el segundo a causa del derrocamiento de Don Juan Bosch,  que:

“Parecía que la pelea entre esos dos amores incompatibles (la literatura y la política) la ganó la política”.[4]

Dar a conocer nuestra historia y por qué se produjeron los hechos que normaban nuestros destinos, e iluminar la mente colonizada, esclavizada, sitiada, de nuestros pueblos, embarca a Don Juan  en un periplo que lo lleva por toda América Latina, y el Caribe. 

En 1937, Trujillo ordena la matanza de los haitianos, y ese mismo año Don Juan, a quien la dictadura pretendía convertir en diputado, toma la decisión de salir del país, argumentando un viaje por motivos de salud a Puerto Rico, patria de su  madre y abuela.

“Hasta ese momento, (1938), nos dice Don Juan, yo había vivido con una carga agobiante de deseos de ser útil a mi pueblo, sobre todo si era latinoamericano, pero para ser útil a un pueblo hay que tener condiciones especiales, y ¿Cómo podía saber yo cuales condiciones eran esas, y como se las formaba uno mismo si no las había traído al mundo, y como las usaba si las había traído”.

Don Juan, llega a La Habana en enero del 39 desde Puerto Rico, para supervisar y dirigir la edición completa de  las obras completas de Hostos; funda el PRD el 21 de enero y dicta una serie de conferencias en el Instituto Hispano-Cubano de Cultura y en el Club Atenas, sobre la República Dominicana.  Publica cuentos y artículos en las revistas puertorriqueñas Alma latina y Puerto Rico, y en la revista Carteles.  Ese mismo año viaja a México para asistir al Primer Congreso de la Central de Trabajadores de América Latina (CETAL) y dejar constituida la Sección Mexicana del PRD.  En abril de 1942 viaja a Nueva York para formar la Seccional del PRD y ese mismo año regresa a la Habana y organiza el Primer Congreso del PRD, el 29 de marzo de 1943.

De ese periodo (1943), data una carta de Juan Bosch de 1943 sobre el drama de Haití,  enviada a los intelectuales Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui y Ramón Marrero Aristy, en la que les reclama dar trato digno a los haitianos:

 “Creo que Uds. no han meditado sobre el derecho de un ser humano, sea haitiano o chino, a vivir con aquel mínimo de bienestar indispensable para que la vida no sea una carga insoportable; que Uds. consideran a los haitianos punto menos que animales, porque a los cerdos, a las vacas, a los perros no les negarían Uds. el derecho de vivir…”

La Habana,14 de junio de 1943.

Mis queridos Emilio Rodríguez Demorizi, Héctor Incháustegui y Ramón Marrero Aristy:

USTEDES SE VAN MAÑANA, creo, y antes de que vuelvan al país quiero escribirles unas líneas que acaso sean las últimas que produzca sobre el caso dominicano como dominicano. No digo que algún día no vuelva al tema, pero lo haré ya a tanta distancia mental y psicológica de mi patria nativa como pudiera hacerlo un señor de Alaska.
En primer lugar, gracias por la leve compañía con que me han regalado hoy; la agradezco como hombre preocupado por el comercio de las ideas, jamás porque ella me haya producido esa indescriptible emoción que se siente cuando en voz, en el tono, en las palabras de un amigo que ha dejado de verse por mucho tiempo se advierten los recuerdos de un sitio en que uno fue feliz. Acaso para mi dicha, nunca fui feliz en la República Dominicana, ni como ser humano ni como escritor ni como ciudadano; en cambio sufrí enormemente en todas esas condiciones.

Hoy también he sufrido…Pues de mi reunión con Uds. he sacado una conclusión dolorosa, y es ésta: la tragedia de mi país ha calado mucho más allá de donde era posible concebir: La dictadura ha llegado a conformar una base ideológica que ya parece natural en el aire dominicano y que costará enormemente vencer; si es que puede vencerse alguna vez. No me refiero a hechos concretos relacionados con determinada persona; no hablo de que los dominicanos se sientan más o menos identificados con Trujillo, que defiendan o ataquen su régimen, que mantengan tal o cual idea sobre el suceso limitado de la situación política actual en Santo Domingo; no, mis amigos queridos: hablo de una transformación de la mentalidad nacional que es en realidad incompatible con aquellos principios de convivencia humana en los cuales los hombres y los pueblos han creído con firme fe durante las épocas mejores del mundo, por los que los guías del género humano han padecido y muerto, han sufrido y se han sacrificado. Me refiero a la actitud mental y moral de Uds. - y por tanto de la mejor parte de mi pueblo - frente a un caso que a todos nos toca: el haitiano.

Antes de seguir desearía recordar a Uds. que hay una obra mía, diseminada por todo nuestro ámbito, que ha sido escrita, forjada al solo estimulo de mi amor por el pueblo dominicano. Me refiero a mis cuentos. Ni el deseo de ganar dinero ni el de obtener con ellos un renombre que me permitiera ganar algún día una posición política o económica ni propósito bastardo alguno dio origen a esos cuentos. Uds. son escritores y saben que cuando uno empieza a escribir, cuando lo hace como nosotros, sincera, lealmente, no lleva otro fin que el de expresar una inquietud interior angustiosa y agobiadora. Así, ahí está mi obra para defenderme si alguien dice actualmente o en el porvenir que soy un mal dominicano. Hablo, pues, con derecho a reclamar que se me oiga como al menos malo de los hijos de mi tierra.

Los he oído a Uds. expresarse, especialmente a Emilio y Marrero, casi con odio hacia los haitianos, y me he preguntado cómo es posible amar al propio pueblo y despreciar al ajeno; cómo es posible querer a los hijos de uno al tiempo que se odia a los hijos del vecino, así, sólo porque son hijos de otros. Creo que Uds. no han meditado sobre el derecho de un ser humano, sea haitiano o chino, a vivir con aquel mínimo de bienestar indispensable para que la vida no sea una carga insoportable; que Uds. consideran a los haitianos punto menos que animales, porque a los cerdos, a las vacas, a los perros no les negarían Uds. el derecho de vivir…

Pero creo también - y espero no equivocarme - que Uds. sufren una confusión; que Uds. han dejado que el juicio les haya sido desviado por aquéllos que en Haití y en la República Dominicana utilizan a ambos pueblos para sus ventajas personales. Porque eso es lo que ocurre, amigos míos. Si me permiten he de explicárselo: El pueblo dominicano y el pueblo haitiano han vivido desde el Descubrimiento hasta hoy - o desde que se formaron hasta la fecha - igualmente sometidos en términos generales. Para el caso no importa que Santo Domingo tenga una masa menos pobre y menos ignorante. No hay diferencia fundamental entre el estado de miseria e ignorancia de un haitiano y el de un dominicano, si ambos se miden, no por lo que han adquirido en bienes y conocimientos, sino por lo que les falta adquirir todavía para llamarse con justo título, seres humanos satisfechos y orgullosos de serlo. El pueblo haitiano es un poco más pobre, y debido a esa circunstancia, luchando con el hambre, que es algo más serio de lo que puede imaginarse quien no la haya padecido en sí, en sus hijos y en sus antepasados, procura burlar la vigilancia dominicana y cruza la frontera; si el caso fuera al revés, sería el dominicano el que emigraría ilegalmente a Haití. El haitiano es, pues, más digno de compasión que el dominicano; en orden de su miseria merece más que luchemos por él, que tratemos de sacarlo de su condición de bestia. Ninguno de Uds. sería capaz de pegar con el pie a quien llegara a sus puertas en busca de abrigo o de pan: y si no lo hacen como hombres, no pueden hacerlo como ciudadanos.

Ahora bien, así como el estado de ambos pueblos se relaciona, porque los dos padecen, así también se relacionan aquéllos que en Santo Domingo igual que en Haití explotan al pueblo, acumulan millones, privan a los demás del derecho de hablar para que no denuncien sus tropelías, del derecho de asociarse políticamente, para que no combatan sus privilegios, del derecho de ser dignos para que no echen por el suelo sus monumentos de indignidad. No hay diferencia fundamental entre los dominicanos y los haitianos de la masa; No hay diferencia fundamental entre los dominicanos y los haitianos de la clase dominante.

Pero así como en los hombres del pueblo en ambos países hay un interés común - el de lograr sus libertades para tener acceso al bienestar que todo hijo de mujer merece y necesita -,  en las clases dominantes de Haití y Santo Domingo hay choques de intereses, porque ambas quieren para sí la mayor riqueza. Los pueblos están igualmente sometidos; las clases dominantes son competidoras. Trujillo y todo lo que él representa como minoría explotadora desean la riqueza de la isla para sí; Lescot  y todo lo que él representa como minoría explotadora, también. Entonces, uno y otro - unos y otros, mejor dicho - utilizan a sus pueblos respectivos para que les sirvan de tropa de choque: esta tropa que batalle para que el vencedor acreciente su poder. Engañan ambos a los pueblos con el espejismo de un nacionalismo intransigente que no es amor a la propia tierra sino odio a la extraña, y sobre todo, apetencia del poder total. Y si los más puros y los mejores entre aquéllos que por ser intelectuales, personas que han aprendido a distinguir la verdad en el fango de la mentira se dejan embaucar y acaban enamorándose de esa mentira, acabaremos olvidando que el deber de los más altos por más cultos no es ponerse al servicio consciente o inconsciente de una minoría explotadora, rapaz y sin escrúpulos, sino al servicio del hombre del pueblo, sea haitiano, boliviano o dominicano.

Cuando los diplomáticos haitianos hacen aquí o allá una labor que Uds. estiman perjudicial para la República Dominicana, ¿saben lo que están haciendo ellos, aunque crean de buena fe que están procediendo como patriotas? Pues están simplemente sirviendo a los intereses de esa minoría que ahora está presidida por Lescot como ayer lo estaba por Vincent. Y cuando los intelectuales escriben - como lo ha hecho Marrero, de total motu propio según él dijo olvidando que no hay ya lugar para el libre albedrío en el mundo - artículos contrarios a Haití están sirviendo inconscientemente - pero sirviendo - a los que explotan al pueblo dominicano y lo tratan como enemigo militarmente conquistado. No, amigos míos… Salgan de su ofuscación. Nuestro deber como dominicanos que formamos parte de la humanidad es defender al pueblo haitiano de sus explotadores, con igual ardor que al pueblo dominicano de los suyos. No hay que confundir a Trujillo con la República Dominicana ni a Lescot con Haití. Uds. mismos lo afirman, cuando dicen que Lescot subió al poder ayudado por Trujillo y ahora lo combate. También Trujillo llevó al poder a Lescot y ahora lo ataca. Es que ambos tienen intereses opuestos, como opuestos son los de cada uno de los de sus pueblos respectivos y  los del género humano.

Nuestro deber es, ahora, luchar por la libertad de nuestro pueblo y luchar por la libertad del pueblo haitiano. Cuando de aquél y de este lado de la frontera, los hombres tengan casa, libros, medicinas, ropa, alimentos en abundancia; cuando seamos todos, haitianos y dominicanos, ricos y cultos y sanos, no habrá pugnas entre los hijos de Duarte y de Toussaint, porque ni estos irán a buscar, acosados por el hambre, tierras dominicanas en qué cosechar un mísero plátano necesario a su sustento, ni aquéllos tendrán que volver los ojos a un país de origen, idioma y cultura diferentes, a menos que lo hagan con ánimo de aumentar sus conocimientos de la tierra y los hombres que la viven.

Ese sentimiento de indignación viril que los anima ahora con respeto a Haití, volvámoslo contra el que esclaviza y explota a los dominicanos; contra el que, con la presión de su poder casi total, cambia los sentimientos de todos los dominicanos, los mejores sentimientos nuestros, forzándonos a abandonar el don de la amistad, el de la discreción, el de la correcta valoración de todo lo que alienta en el mundo. Y después, convoquemos en son de hermanos a los haitianos y ayudémosles a ser ellos libres también de sus explotadores; a que, lo mismo que nosotros, puedan levantar una patria próspera, culta, feliz, en la que sus mejores virtudes, sus mejores tradiciones florezcan con la misma espontaneidad que todos deseamos para las nuestras.Hay que saber distinguir quién es el verdadero enemigo y no olvidar que el derecho a vivir es universal para individuos y pueblos. Yo sé que Uds. saben esto, que Uds., como yo, aspiran a una patria mejor, a una patria que pueda codearse con las más avanzadas del globo. Y no la lograremos por otro camino que por el del respeto a todos los derechos, que si están hoy violados en Santo Domingo no deben ofuscarnos hasta llevarnos a desear que sean violados por nosotros en lugares distintos.

Yo creo en Uds. Por eso he sufrido. Creo en Uds. hasta el hecho de no dolerme que Marrero mostrara a Emilio el papelito que le escribí con ánimo de beneficiarlo y sin ánimo de molestar ni por acción ni por omisión a Emilio. En todos creo, a todos los quiero y en su claro juicio tengo fe. Por eso me han hecho sufrir esta tarde.
Pero el porvenir ha de vernos un día abrazados, en medio de un mundo libre de opresores y de prejuicios, un mundo en que quepan los haitianos y los dominicanos, y en el que todos los que tenemos el deber de ser mejores estaremos luchando juntos contra la miseria y la ignorancia de todos los hombres de la tierra.
Mándenme como hermano y ténganme por tal.

Juan Bosch.

(En: Para la historia, dos cartas, Santiago, República Dominicana. Editorial el Diario, 1943, pp. 3-



[1] Ibidem.

[2] Pág. 297.  Melanio A. Paredes, en Juan Bosch, aproximaciones a una vida ejemplar.

[3] Pág. 299, Ibidem.

[4] Pag.49.  Ibidem.

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Sobre la autora

Poeta, dramaturga y ensayista. Licenciada en Sociología e Historia de América Latina por The City University of New York (Brooklyn College).Ha sido columnista de varios medios escritos. Parte de su producción poética ha sido incluida en Sin otro profeta que su canto (Antología de la poesía femenina dominicana) y en Poemas del exilio y de otras inquietudes /Poems of exile and other concerns (Antología bilingüe de la poesía escrita por dominicanos en los Estados Unidos), ambas preparadas por Daisy Cocco De Filippis. En 1997 obtuvo el Premio Nacional de Teatro con la obra Wishky Sour.