Otro aire


Caracas, ¿una sucursal del cielo?

Fachada de la casa del libertador Simón Bolívar (Fuente externa)

Hace unos días estuve en Caracas. Se ha vuelto famosa por el complicado panorama político venezolano. También por ser una de las ciudades más peligrosas de América Latina. Muchos pensaron que era una locura, otros que era interesantísimo. Aun así, decidí ir y verlo, inspirada en conocer la ciudad de mi novio. Lo veía como toda una aventura, aunque estaba un poco asustada. Crea fama y acuéstate a dormir, dicen por ahí.

Al aterrizar ya me sentí en casa: los 30 grados se sienten demasiado parecidos a Santo Domingo, además de esa informalidad y alegría de la gente. Por todas partes, incluyendo el aeropuerto, hay propaganda chavista… como si necesitaran convencer la gente y lavar uno que otro cerebro.  

Es una ciudad entre montañas, pero pegada al mar. Los caraqueños no tienen el dilema de preferir la playa o la montaña, porque tienen ambas. Es una ciudad enorme, donde viven más de cinco millones de personas.

Casi desde cualquier rincón de la ciudad se divisa al norte una vista preciosa al Ávila, que los indígenas llamaban Guaraireipano. Por lo que una se puede relajar un poco en el tapón mirando hacia allá. Otra vista, ya no tan agradable que se ve en la falda de otras montañas, es la de la pobreza.

Volvería a Caracas, lo haría constantemente… ojalá un día mejor ciudad, sin propaganda política, sin la polarización de chavistas o seguidores de Capriles y con todo el esplendor que se ve que una vez tuvo.

Me encantó lo verde que es Carcas, tiene árboles por todas partes. Su arquitectura  demuestra que tuvo su mayor crecimiento en los años sesenta,  y que en su momento era probablemente una de las ciudades más modernas de América Latina. Tiene edificios modernos, pero nunca muy altos: por Altamira atraviesa una falla geológica.  En esa zona, en la Plaza Francia, estaba la Feria del Libro donde, como su nombre lo indica, SOLO se venden libros.

El tránsito es un caos, muy parecido a lo que tenemos en Santo Domingo, pero las distancias son mucho más grandes. Conducir en Caracas es todo un desafío y requiere una buena planificación del tiempo.  El metro, que funciona de manera impecable, debería ser un ejemplo para el resto del mundo.

En el centro de la ciudad, como toda zona donde hay mucho movimiento, la gente anda en “fast forward”. Hay unas cuatro cuadras muy bien preservadas en las que están la casa donde nació Simón Bolívar (“el libertador de libertadores”) y el Congreso, donde curiosamente solo hay diputados, no senadores ya que fueron eliminados de la Constitución como figuras políticas.  Además está el Consejo Nacional Electoral, que tantos ojos ha tenido encima ya que desde ahí se anuncian los resultados de las elecciones. Hay plazas preciosas y muy agradables: verdes con banquitos y donde uno pudiera pasarse la tarde haciendo nada. Nos sentamos justo al lado de dos chavistas, uno de ellos decía que ahora con Maduro no es lo mismo…

Visité El Hatillo, un pueblito que a medida que Caracas creció, se convirtió en parte de la capital. Tiene las casitas de colores de arquitectura antigua y, como todo pueblo, la plaza en el centro. Es muy agradable caminar por allí, entrar en las tiendecitas de artesanías y tomarse un café en uno de los tantos que hay.

Conocí algunos de los lugares a donde van los jóvenes: restaurantes, bares y discotecas. Me tocó ver la sobreprotección que tienen las hijas de funcionarios cuando salen por la noche: entraron con dos militares (uno de ellos coronel). Al final de la noche no se sabía cuál de todos estaba más borracho.

Comí arepas, cachapas, pabellón (arroz, habichuelas negras, carne ripiada, fritos maduros), chupe (una sopa, pero con leche) y probé quesos blancos deliciosos. Si algo tiene Venezuela es buena comida.

La inflación tiene a los venezolanos ahogados. El no encontrar productos básicos, como la harina de hacer arepas o servilletas, los tiene un poco frustrados. Dividiría la población en dos tipos de personas: los cansados y ya sin palabras ante esta especie de dictadura popular que viven y los que la apoya. Todos, sin importar su “bando”, muy simpáticos, serviciales  y dispuestos a dar su mejor sonrisa.

En cinco días pude conocer  una ciudad espectacular. Por suerte nunca me sentí en riesgo, en parte porque se debe saber a dónde ir, en parte por una cuestión de suerte. Me metí en el mar Caribe y de alguna manera sacié esa nostalgia de estar fuera de casa.

Volvería a Caracas, lo haría constantemente… ojalá un día mejor ciudad, sin propaganda política, sin la polarización de chavistas o seguidores de Capriles y con todo el esplendor que se ve que una vez tuvo.

 

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Sobre la autora

Graduada de Comunicación Social. Ha trabajado como redactora y productora de distintos medios de comunicación en Santo Domingo. En la actualidad reside en Buenos Aires, donde cursa un MBA en Marketing.