Memorial del Convento

Poder decirse es uno de los pocos remanentes de libertad que nos quedan en esta isla cercada de agua por todas partes y de monopolios mediaticos. 7 Dias ofrece una ventana, tan vasta como el universo digital, para los y las asfixiados de la tierra. A ella me aproximo, confiada en la proverbial honestidad de quienes la abren o cierran.

La Zona: un tránsito entre las edades

Cuando Joan Prats me invitó a ser parte de la sección cultural del periódico 7dias no dudé en informarle que mi columna se llamaría Memorial del Convento.  Por dos razones: como un homenaje a Saramago, (quien escribió, en el mejor estilo de James Joyce,  una novela histórica sobre la construcción de un convento franciscano a inicios del siglo XVIII en Portugal; simultáneamente con la historia de Baltasar y Blimunda, “siete soles” y “siete lunas”) y,  porque  vivo en el Callejón del Convento.

Por esta página desfilarán todos los Baltasar y Blimundas de la ciudad, esos que se reúnen en el Parquecito Duarte, en Casa de Teatro, en la Plazoleta Bartolomé de las Casas, en la Atarazana, o en los  teatros  Las Máscaras y Guloya.

Espacio privilegiado entre múltiples mundos, entre las edades del tiempo, este pedacito de calle está en el corazón de toda la actividad cultural de la ciudad;  cerca de las iglesias La Altagracia, la Virgen del Carmen, Las Mercedes, Regina, San Miguel y San Lázaro (que curiosamente sólo se abre el Día de San Lázaro), y desde luego la iglesia Santa Bárbara, donde bautizaron al padre de la patria (que este 2013 cumple doscientos años) y a quien alguien le ha robado la Virgen de su hornacina frontal.

Menciono las iglesias, pero estamos a pocas cuadras del parquecito de los novios, como se ha denominado al Parquecito de los Pellerano, (allí siempre procuro besar), donde los asientos son redondos y no hay manera de sentarse sin abrazar al otro, u otra, y desde luego el Parque Colón, donde faltan bancos para tanta historia que se cuenta y que se teje, entre vidas, entre líneas, e intramuros.   No digo que faltan limpiabotas, porque Politur se ha encargado de que desaparezcan, para que “no molesten a los turistas”.  Cuando era niña, los limpiabotas vestían con un flú de fuerte azul y sombrero y formaban una línea en la acera del parque que queda en la Arzobispo Meriño.   Mi primera acción matutina era darles un abrazo antes de ir a la escuela.

Y estamos en el corazón de las procesiones (cada año espero  a La Dolorosa para ver sus lágrimas de cristal, tan reales que provocan las mías, que por ser de sal se borran,  y a diferencia de las de ella reaparecen, un mal que parece afectar a todos  los que habitamos en esta zona, situada en el mismo trayecto de la erosión física y social.

Y está, como resurrección de la calle, el próximo Carnaval de la Zona Colonial, el cual revivirá una tradición perdida hace cien años.  Ya trabajamos en los disfraces/puente que nos remitirán al tiempo en que todas éramos damas, con larga falda, sombreros y abanicos, conversando despreocupadas sobre el secreto enamorado, o la inevitable vocación religiosa.

Son las memorias de nuestro Convento,  en una media isla del Caribe,  por donde tarde en la noche transitan por la Zona sus verdaderos dueños.

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Sobre la autora

Poeta, dramaturga y ensayista. Licenciada en Sociología e Historia de América Latina por The City University of New York (Brooklyn College).Ha sido columnista de varios medios escritos. Parte de su producción poética ha sido incluida en Sin otro profeta que su canto (Antología de la poesía femenina dominicana) y en Poemas del exilio y de otras inquietudes /Poems of exile and other concerns (Antología bilingüe de la poesía escrita por dominicanos en los Estados Unidos), ambas preparadas por Daisy Cocco De Filippis. En 1997 obtuvo el Premio Nacional de Teatro con la obra Wishky Sour.